Aterido de frío y
con las manos engarrotadas, a pesar de los guantes, miró a través de la ventana quien sabe,
por última vez. La llama parecía extinguirse en la chimenea. Así, como ese
fuego que se terminaba de un momento a otro, se venía sintiendo él. No iba a
negarlo, había intentado muchas veces, revivir eso que se apagaba en su
interior y no hubo caso. No tenía alma de incendiario. Más bien todo lo
contrario, el frío lo había habitado y de un tiempo a esta parte también el
agua. Sus ojos empañados mirando las cosas daban testimonio de eso. Esa noche,
después de pasar largas horas espiando la casa de su infancia, se retiró. Había
estado antes, mirando también la mesa del patio cubierta de nieve y recordando
viejos tiempos. A distancia la miraba, algo de rechazo le produjo la idea de
acercarse. Hubiera podido caminar hasta uno se los bancos, tan sólo para buscar
una señal que había hecho siendo niño sobre la madera, con una navaja que solía
llevar en la mochila, pero prefirió quedarse ahí, atravesando con sus ojos los
cuadros de la sala, el desorden sobre la mesa, el libro de música abierto sobre
el piano, la disposición de los sillones y esa manta tejida al crochet que
había hecho Tía Sara, con los restos de lanas que había en la casa en aquél
entonces. Le vino a la memoria como una chispa de luz inmediata, esa lana
turquesa mezclada con marrón. ¡Era suya! Él había tenido un pullover tejido
igual, lo había usado casi hasta gastarlo. Todo lo
que venía de las manos de Tía Sara seguía siendo una caricia para él. Tal vez
esa manta era lo único que hubiera deseado llevarse, más aún desde que Tía ya
no estaba. Todo lo demás ya se lo habían quitado, pero no había vuelto por las
cosas materiales. Su dolor no se calmaba con eso. Ahora mejor se iba. No le
preocupaba si descubrían sus huellas profundas en la nieve, era mejor que
supieran que alguien de gran peso los estaba acechando mientras dormían.
No conforme con
eso, dejó en el escalón de la puerta, una flor.
Mejor dicho, un
tallo. Antes de marcharse arrancó el capullo blanco, que aún permanecía
cerrado.

Alguien nos acechará en el futuro?
ResponderEliminarO nos están acechando ya?
Glups...
Besos.
Me has hecho recordar a mi Tía preferida.
Era un cielo de persona.
Un corazón enorme y unos ojos llenos de caricias.
El bien y el mal, siempre andan por ahí haciendo de las suyas.
ResponderEliminarPor suerte en tu pensamiento salió el bien de una, tu tía =)
Besos.