Ya queda
poco, faltan dos cuadras y espero resolver esto de una vez por todas. Es lo
último que hago por él. Ojalá suceda antes algo. Algo que me quite la penosa
tarea de hacerlo yo. Lo que voy a hacer, es lo único que se me ocurre para que
me deje en paz. Ojalá la tierra se abra ante mis pasos y yo quede atrapada
allí, entre los escombros. Que la tierra con su boca de arena me trague y me
mastique despacio, así no sigo caminando. Así no hago esta locura, pero no. La
tierra no se abre, sigue tan tranquila ahí como si nada, sólo una pequeña
baldosa rota me salpica un barro podrido en mis zapatos. Creo que empieza a
funcionar el tema de los zapatos. Eso me tranquiliza un poco. Éste, para él, es
un buen lugar para encontrarnos. ¡Un buen lugar! Acá lo más común, es que te
salte algún tipo entre las sombras y te corte el cuello con una navaja por dos
mangos. Me arremango, así el reloj brilla más en mi brazo y soy presa fácil. No
viene mal ayudar un poco a los zapatos. Camino titubeando, alguien va a saltar
sobre mí de un momento a otro, y no es que no quiera, pero no soy tan fría. El
filo de un cuchillo va a cortar mi yugular y voy a morir desangrada. Camino
temblando y pienso eso una y otra vez. Ley de atracción, le dicen. A pocos
pasos, él se va a impacientar porque no llego y va a venir a mi encuentro. Sabe
que vengo derechito por la avenida, porque allí me deja el colectivo y me va a
encontrar agonizando, en un charco de sangre y con un hilo de voz le voy a
decir que fue su culpa. No va a poder seguir viviendo tranquilo, con el peso de
haberme hecho venir tan tarde a este lugar de mierda. ¡Tal vez me lo hizo a
propósito y yo como una boluda entré en su juego! Pero me las va a pagar. Los
días se le van a volver una pesadilla. Cuando cierre los ojos y me vea con el
cuello abierto en dos y mi mirada como de piedra diciendo “por tu culpa,
por tu culpa” porque aunque yo ya no pueda decir nada, lo van a decir mis ojos.
Camino y
no me cruzo con nadie. Apenas una pareja de viejos inofensivos investiga en los
contenedores de basura a ver qué encuentran para comer o abrigarse y tan
frágiles son, que se sostienen el uno con el otro. Salta una rata y casi me
desmayo. Esto es lo más peligroso que me sucedió hasta ahora y eso que llevo
puesto los zapatos. No me tengo que morir de un susto, si eso sucede y él me
encuentra, va a pensar que me morí de un infarto porque iba a verlo a él. Hasta
quizás piense que yo venía ilusionada con su encuentro y de la emoción el
corazón se puso bobo y explotó. Entonces me sobrepongo al susto y sigo
imaginando el momento en que llegue al semáforo de la esquina, que es mi última
chance. Todavía falta un trecho largo. Aún se me puede caer la maceta de un
balcón o el mismo balcón se podría venir abajo y aplastarme. Estas casas están
podridas de humedad, no sería raro que se descuelgue un pedazo de mampostería y
me parta la cabeza. Otra vez pienso en la ley
de atracción. Camino buscando el lugar apropiado para que en caso de
romperse o caerse algo, sea sobre mí. Yo también tengo que ayudar a la ley, tanto como los zapatos a mí. Y ahí
voy, midiendo los pasos. La respiración agitada, el corazón al galope, las
manos apretadas como los dientes, deseando que se me venga abajo esa pared que
se sostiene a gatas con unos tablones. Desde la esquina se va a ver el
derrumbe, y si yo no llego, él se va a acercar a mirar y se va a dar cuenta que
soy yo, por los zapatos. Me puse los que él me regaló el día que fuimos al
Cottolengo Don Orione. Unos de cuero de pitón, que hacían juego con una cartera
que también me regaló. Porque será lo que será este desgraciado, pero siempre
me hizo regalos de buena calidad. Aunque reconozco que este regalo fue el
principio del fin. Me di cuenta tarde. No traje la cartera porque la piel se
fue secando y le faltan algunos pedazos al costado, pero los zapatos están
impecables. Casi no tienen uso, porque con ellos tuve verdaderas desgracias.
Además los traje por si llegara a encontrarme irreconocible, él se va a dar
cuenta que soy yo. Nadie en el mundo más que yo es capaz de ponerse esta
bazofia. Son realmente feos, caros pero feos y tienen la yeta pegada a la
suela, por eso me los puse.
Con ellos
puestos me caí de las escaleras de mi edificio llenándome de moretones y perdí
dos dientes. Con ellos pisé una cáscara de banana que me tuvo dos meses con la
pierna enyesada mirando el techo. El día que me sacaban el yeso, tenía puesto
el zapato de piel de pitón en el otro pie, de la nada salió un perro furioso y
me desgarró la pierna sana a mordiscones. Otra cosa horrible que me pasó y que le eché la culpa a
los zapatos malditos: es que él, el desgraciado hijo de una gran puta, que me
está esperando ahora en la esquina, me dejó por otra. Me abandonó en mi peor
momento, con una pierna quebrada y la otra mordida. Se fue con la mocosa de al
lado, la hija de mi vecina a quien yo le pagaba para que viniera a ayudarme. Ya
me imagino cómo me ayudaba: me llenaba de pastillas y cuando me quedaba
dormida, el gusano y la vecinita se deberían revolcar en el sillón a sus
anchas. Vaya a saber lo que harían esos dos. Siempre lo negaron, pero a mí
cuando se me pone algo en la cabeza, no hay quien me lo saque. Es por eso que
tengo tanta bronca, porque al menos lo hubieran aceptado, pero no. Los dos
juraron y perjuraron que eran cosas que se me habían metido en la cabeza. Ya
perdí diez kilos de la rabia que tengo. Y por eso vine con los zapatos, porque
con ellos al menos esto de buscar la muerte tiene que salirme bien. Seguro que
entre los paredones arruinados de estas casas y el polvo y las maderas y los
clavos y los ladrillos y las ratas, él va a ver los zapatos y el resto de sus
días van a ser una tortura. Se lo merece por haberme dejado tan sola, llena de
mentiras, cada vez más flaca y retorcida de bronca. Se va a culpar de haberme
hecho venir hasta acá, como si tuviera que ocultarme. No debe querer que
alguien nos vea, pero le va a salir mal, porque se van a enterar. Esto va a
salir en los noticieros, en la radio, en los diarios. Crónica va a ser el
primer medio en llegar. Todos lo van a ver.
Él quiere
verme porque dice que le pasé mi mala suerte, que desde que lo maldije el día
que lo eché de la casa, todo le empezó a ir mal: que perdió el trabajo, que le
robaron el coche, que lo asaltaron dos veces, que una de las veces le rompieron
la nariz y ahora respira mal. Y lo peor, se cumplió lo peor. Lo que yo le
vaticiné: para mí que se encontró a la piba en la cama con mi sobrino, el hijo
de su hermano, mi cuñado. Parece que la mocosa y el pibe están de novios. Eso
me lo contó mi suegra, para que yo recapacite y vea que él no está con esa
perra. Ella dice que todo esto es idea mía, que la ley de atracción no es como yo digo, que hago mal las cosas y así
me va.
La
cuestión es que ayer me llamó desesperado para que venga hasta acá donde nos
vimos por primera vez. Dice que si lo perdono acá, vamos a encontrar la paz y
por ahí podemos volver. Pobre tipo, quiere paz. No sabe lo que le espera.
Es raro
andar con estos zapatos y que no me pase nada, que no se me caiga nada. Ni
siquiera me caga una paloma, eso que sobrevuelan cientos a mi paso. Lo único
que me alivia la ansiedad, es la pelotita anti estrés que aplasto sin parar con
mi mano derecha en el bolsillo del tapado. La aplasto y pienso en su cara
redonda, blanda y roja. La aplasto y hago de cuenta que son sus ojos, sus
testículos, su nuez de Adán lo que aplasto. La verruga gigante que le cuelga
del labio superior y que él disimula con ese bigotito de foca que tiene, le
aplasto. Qué tipo inmundo, yo no sé cómo pude haber estado tanto tiempo con él,
pero aquí voy a su encuentro para terminar con esta historia. Hoy es la última
vez. Ya llego. Me odio y lo odio, pero más me aborrezco a mí por estar acá, por
creer que esta va a ser la última vez que camino estas calles. Mi suerte es una
mierda y seguramente voy a pisar estas veredas mil veces más hasta gastarlas y
él siempre va a estar parado en esa esquina con su cara hinchada y su asquerosa
verruga, que por más que la quiera esconder, le salta como un gusano violeta y
aterrado entre los dientes y los pelos del bigote. Antes de verlo a él, veo a
la verruga. Aplasto todo lo que más puedo la pelotita en mi bolsillo. Nos
separa un semáforo verde. No cruzo. Lo miro y no cruzo, espero el rojo. Mi mano
destroza la pelotita.
Usando la ley de atracción rogué con fe ciega que
se parta la tierra ante mí y me trague. Atravesé una de las peores calles de la
ciudad, donde es un milagro salir viva y no sólo salí ilesa, sino que tengo
todas mis pertenencias intactas, menos la pelotita que se desintegra en
pedacitos de goma caliente bajo mis uñas. Caminé bajo todos y cada uno de los
balcones de estos edificios podridos a punto de venirse abajo y ni una mísera
cáscara de pintura se cayó sobre mí. Temo que mi representación final sea un
fiasco. Los pedacitos de goma caliente se me pegan entre los dedos, tengo
náuseas.
El
semáforo se pone rojo, respiro hondo. Tomo coraje. Lo veo. Está parado como
dijo, en la esquina que dijo y su cara es tan roja como una bola de fuego. Un
fogonazo de rencor me encandila los ojos. Dudo un instante. Mis pies están
paralizados en el borde del cordón de la vereda. Los autos pasan a una
velocidad estrepitosa. Dos o tres pasos y seré arrollada por uno de esos
bólidos y le voy a arruinar la vida. Para siempre me tendrá que ver reventada
en el suelo, con la cabeza partida y esa expresión que ensayé todos estos días.
Como de revancha, como de “tomá, carajo, te gané”. Acá me tenés y ahora hacé
conmigo lo que quieras. Si querés guardá los pedacitos míos en un frasco de
formol así los mirás y mirás cuando me extrañás mucho. Y te das cuenta del
desastre que hiciste al engañarme con la perra esa y no lo negás más.
La cabeza
me late con locura. Bajo el cordón, ciega ¿Quería paz? Voy a entregarle todo lo
que tengo para que se quede bien tranquilo. Recupero la visión, busco su cabeza
púrpura como referente y no la encuentro. Sólo veo ante mí dos o tres autos
colisionando y por los aires un cuerpo redondo que se eleva y cae pesado contra
el asfalto. La gente que me rodea grita sofocada. Camino despacio hasta el
bulto embestido que yace sin moverse en el medio de la calle. No puedo creer lo
que estoy viendo: es él y un ramito de flores desparramado. Su cabeza está más
roja que nunca. A borbotones le salen ríos de sangre por todos los orificios
que alcanzo a ver. En medio de ese torrente espeso, la verruga está intacta y
sus ojos clavados en el aire con una expresión vacía. Tal vez haya querido
decirme algo en esa mirada final, pero me mira así: frío como un pescado en la
góndola de un supermercado. Tan inconmovible es su mirada y está tan cerca de
mis zapatos que me estremece. Sin que nadie lo note me descalzo y allí quedan
los zapatos malditos embarrados con el agua sucia de la alcantarilla. Ahora
manchados también con su sangre. Nunca más voy a usarlos.
Pego la
vuelta pensando en mi mala suerte y en cómo voy a hacer ahora para olvidar
esto. Pienso en las flores que había traído, se me viene a la mente todo el
asunto de la ley de atracción y me retumba en los oídos la voz de mi suegra,
diciendo que ni el tiro del final me va a salir.

Jo... que bueno Patricia.
ResponderEliminarDe lo mejor que te he leído.
Es que lo he visto todo.
Describes de maravilla y lo escribes de lujo.
Te felicito.
Besos.
Extrañas venganzas que el destino frustra. En vez de la eterna acusación de la propia muerte queda la inmensa duda de un odio ya por siempre inútil.
ResponderEliminarPreciosa narración, amiga.
Enhorabuena
¡¡¡¡Aplausos!!!!
ResponderEliminar¡Me encantó! Pero, por las dudas no uses esa "ley de atracción" cerca mío... jajaja
Besos