Aquella madrugada iba a ser recordada por siempre entre nosotros. Y por más que de tanto
en tanto, nos seguimos preguntando lo que pasó con el Tolo, no encontramos respuesta.
Ese día cuando
me levanté tuve la impresión de que los nubarrones oscuros, enganchados al cielo, se
iban a desmoronar de un momento a otro. Entonces cuando terminé el mate cocido,
decidí ponerme el camperón y antes de salir guardé en mi mochila la botella de
vino. Dice la Zuly que somos una manga de borrachos, pero no es verdad. Yo le
voy dando de a sorbitos al pico y el día se me hace más llevadero en la obra. A
veces lo mezclo con jugo de naranja de esos de polvitos que preparan los chicos, para hacerlo estirar,
pero esa vez llevaba la botella llenita y pura. Era lunes. Nos encontramos en
la esquina de siempre con los muchachos del barrio. Después de varios asaltos,
nos hicimos la costumbre de salir todos a la misma hora a trabajar para
acompañarnos. La calle está dura y es el modo de asegurarnos que no nos va a
pasar nada.
Bueno,
eso de que no nos pase nada, era en caso de que nos afanen. Que te salte de atrás
de alguna puerta o un árbol un par de chorros y se queden con tus cosas. Nunca
imaginamos que el que nos iba a saltar de la nada iba a ser el Tolo, que esa vez no estaba en la esquina junto a los demás y pensamos que faltaba. Pero no, estaba ahí. Se nos
apareció entre las sombras de la madrugada, con la cara desencajada y a los
gritos pidiéndonos el vino.
Al
principio nos quedamos duros, pero ante su insistencia, yo saqué mi botella y
se la di. Le dije que era para el mediodía, que estaba cerrada. Que la abriera,
me gritó. Su voz era como un aullido y le obedecí sin chistar. Era un vino
barato, tenía rosca y enseguida se la pude dar abierta.
-¿A
dónde vas?-le pregunté.
-A
celebrar mi partida-respondió con la voz hecha gajos.
Lo
vimos terminar el vino, lo bebió de a sorbos largos. Vimos correr por la
comisura de sus labios y luego por su garganta lo que no alcanzaba a tragar. Lo miramos en silencio, electrizados.
Una
vez que terminó de beber arrojó la botella tan lejos como pudo y desapareció
entre las sombras de la noche. Sin hacer ruido, del mismo modo que lo vimos aparecer.
Más
adelante, en la carretera divisamos un tumulto de gente que bajaba de un micro
agarrándose la cabeza y gritando. Nuestros pasos apurados nos llevaron hasta
allí, entre los fierros de su bicicleta estaba el Tolo aplastado bajo la trompa
del bondi.
Sobre
la carretera estaba rota en pedazos nuestra botella de vino.

Sin saberlo el Tolo buscaba la muerte cada día.
ResponderEliminarAl final la encontró.
Besos.
Triste destino el de algunos. Morir es inevitable, pero el hacerlo inexplicablemente parece una venganza contra ese destino.
ResponderEliminarUn beso.
Triste destino el de algunos. Morir es inevitable, pero el hacerlo inexplicablemente parece una venganza contra ese destino.
ResponderEliminarUn beso.
Muy bien narrado, Patito. Las palabras justas y los climas, exactos.
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