Dejó el libro marcado
con una birome, en la página 119. Lo dejó apoyado sobre la mesa de madera. Sus
ojos caminaron por sobre la mesa como si recién salieran del Luna Park, “advirtiendo
que su reloj atrasa, que su reloj atrasa, que su reloj”*. Habría que quitarle
la pintura, pensó mirando con añoranza la mesa. El verde hoja seca se había
vuelto del color borroneado de sus ojos. Descascarada y húmeda libraba una
silenciosa batalla contra el tiempo.
Somos casi iguales -
murmuró-.
La mesa era de sus
padres, de cuando se casaron. Eran tiempos de buena madera, eran esas mesas que
se hacían para toda la vida, con un cajoncito para los cubiertos y las
servilletas de diario. Un tirador de bronce redondo, con el brillo atrapado en
su interior y todos los recuerdos de una infancia con mañanas de pastas amasadas
allí, sobre ella, secándose al sol. Un sol que entraba por el ventanal de la
cocina que daba al patio, se apoyó sobre el jazmín del cabo medio abichado y sus pimpollos enormes, era primavera
y su aroma dulce se confundía con el perfume del tuco que preparaba su
madre. Ese tumulto luminoso le hizo cerrar los ojos y se tiró para atrás, se había ido tan lejos que
no sabía cómo volver si era invierno y el sillón estaba tan frío.
Afuera el sol no era
como aquél que entraba por la ventana de la cocina de su infancia. Allí, hecha
un bollito se sintió pequeña y distante. Soy
un cronopio desdichado y húmedo, pensó*. Dejó sus ojos derramados sobre el libro, perdidos en la escalera caracol que termina en un reloj,
colgados de alguna esquina, descendiendo
lánguidos hoja por hoja. Resbalando quedamente hasta alcanzar la manija de
bronce y dormir un tiempo vano en el cajoncito de la mesa como si fuera una
servilleta empapada por sus lágrimas
naturales*.

De repente llegan los recuerdos y nos devoran el corazón.
ResponderEliminarNo tienen piedad.
Buscan los corazones más sensibles y se dan un festín.
Yo le doy un beso al tuyo.
¡Gracias! El beso llegó, va otro para vos!
ResponderEliminarMuy lindo! Por un momento olí los aromas.
ResponderEliminarGracias Adri, eso es bueno, eran aromas exquicitos! ¿Viste que no se van los aromas de la infancia?
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