Laura retuerce su pelo atrás de la ventana hasta
sentir dolor, mientras intenta matar la zozobra que la invade. No deja de mirar
el reloj y la calle. Falta un cuarto de hora para las 15. Si quiere llegar a
horario debería salir en 10 minutos de
su casa, pero llovizna. Se le cruza por la cabeza faltar. Por un momento siente
alivio, eso dura lo que un respiro: es viernes y tiene lección de Solfeo,
Teoría y Piano. No pudo estudiar; podría hacerlo ahora en vez de mirar para
afuera hacia un lado y al otro de la calle como una desesperada. Solfeo no es
necesario, hasta le resulta fácil cantarlo.
En cambio para dar Teoría, necesita leer: síncopa, contratiempos, anacrusa. No
puede aburrirle más todo eso. Decide darle una leída, cree que algo va a
recordar. Descorre la cortina y de un salto llega al escritorio. Tiene todo
allí, incluso el libro abierto que ha tratado de leer luego del almuerzo y no
ha podido. Sólo piensa en que llueve y en eso que la atemoriza. Eso de lo que
no puede hablar. Sus ojos recorren el texto. Apurados intentan llegar al final;
pero no puede hacerlo. Antes necesita espiar otra vez. La calle está desierta y
mojada. Los vidrios, empañados… ¿o es su mirada? Tiene que dejar de pensar en
eso. No tiene por qué repetirse hoy sólo porque llueve, sin embargo es lo que
viene sucediendo. Tiene que concentrarse en la lección de piano. Le conviene
dar primero Jinete Salvaje de Schumann, después que elija Sarita. El Hanon desde
el uno al diez, también es fácil. Mira otra vez por la ventana, no deja de
llover. Mete adentro del bolso el Czerny. Le duele la panza. La otra vez que
había tormenta también faltó por lo mismo y Sarita le puso falta y la clase
siguiente la mandó al piano viejo dos horas. Tiene que ir.
Hace frío, se pone la campera y agarra el paraguas.
Al colgarse el bolso, siente que la tonelada de libros la aplastan, que le
piden que se quede en casa, que no salga. Quieren cuidarla, piensa, pero
cargada como un burro sale a la calle igual. En el umbral de su casa mira para
todos lados y se larga a la vereda sin ver dónde pone los pies, se va
atropellando entre las baldosas flojas y los charcos que se forman en las
veredas viejas. Llueve de costado, finito pero constante. Atraviesa el camino
sin detenerse en nada, al llegar a cada esquina echa un vistazo otra vez hacia
todas partes. Faltan cinco cuadras y no ha visto nada. Decide bajar y caminar
por la calle, pocos autos andan a la hora de la siesta. Laura tiene 12 años.
Sabe bien que no debe aceptar subirse al auto de ningún extraño por más que
llueva o que se lo pidan con una sonrisa. Aunque sean conocidos, tampoco, le ha
dicho su madre. Que no, que muchas gracias, que prefiero caminar. Pequeñas
defensas aprendidas que no le sirven de nada ahora mismo. Ella es obediente y
su madre le tiene confianza, pero a ella no le sucede eso. Lo de la confianza.
No ha podido decirle por qué no quiere ir a piano los días de lluvia. O que la
acompañen, ya es grande se dice. No tiene claro si es asco, culpa, vergüenza o
es que no quiere preocuparla. Este año ya le pasó varias veces. No han sido
seguidas, pero sí suficientes para que le den ganas de vomitar cuando se
acuerda o ataques de llanto atrás de la ventana antes de salir. Más cuando
llueve como hoy. Tampoco siente valor para contárselo a Sarita. Ella pondría el
grito en el cielo y le preguntaría qué clase de niña es que mira eso. Iría a
preguntarle a Adria que es perfecta y ella le diría que no. Que ella obvio que
no. Que qué horror. Entonces se sentiría peor, porque a ella sí.
Al llegar a casa de Sarita siente alivio, está
sofocada. Se apoya en la puerta cerrada
y respira hondo. Adria, ha llegado antes y está en el piano de cola. ¡Cuándo
no! El metrónomo le avisa que ha comenzado la lección de su compañera. El pulso
constante de la melodía acompaña el maldito medidor del tempo. Lo odia. Tanto
como a ese piano destartalado al que se le despegan las teclas y en el que va a
tener que tocar hoy. También odia la lluvia. Y a ese hijo de puta. Al final se
hubiera quedado en su casa fingiendo un dolor de panza mayor que los de
costumbre, pero hubiera tenido que mentirle a su madre y no se atrevió…Mejor empezar con Bach y practicar. Abrió la
partitura y miró el pentagrama, detrás de ella, sobre un calentador pequeño hervía
una lata con hojas de eucaliptus. El murmullo de las hojas batiéndose en el
agua caliente le atrapó los ojos y el olfato. Respiró profundo, era el olor del
invierno en el conservatorio. Por primera vez sintió algo de tranquilidad,
comenzó a tocar el preludio. Sus manos se centraron en el arpegio y agradeció
al cielo, o a quien fuera, el valor que tuvo para salir a la calle y llegar a
tiempo. Amaba el momento de tocar el piano. Ya iba a volver el sol y con él,
los días lindos, pensó. Entonces sus manos se dejaron llevar por la melodía. Comenzó a deslizar sus dedos
en breves caricias, volcándose sobre el teclado, agradecida. Estaba a salvo y
en verdad no era ella quien estaba ahí, sino Rachel, la chica que cruzaba la
pradera en un caballo blanco y se perdía entre árboles otoñales y…casi lo
olvida…Sarita vendría a tomarle lección, pero aún no. Todavía había tiempo para
que Rachel atravesara como una saeta el campo sin ser vista y llegara al
refugio de su amado sin despertar sospechas. Llevaba en la cintura un cuchillo
corvo de acero blanco. Tan valiente era la muchacha que desconocía el agobio de
la sombra que provoca el miedo. ¿Acaso a Rachel nunca le había pasado eso que
le había pasado a ella? Tal vez por eso iba armada. ¿Cómo se podía contar una
cosa así? ¿Con qué palabras? Ella no era tan valiente. No poseía ni una pizca
del encanto que tenía Rachel, ni el caballo blanco, ni el pelo resplandeciente,
ni la caperuza de terciopelo azul que se
abría al viento como un par de alas y mucho menos ese amado tan hermoso que
salía a su encuentro en el camino. De ella no gustaba nadie. Nadie la esperaba
en ninguna parte, salvo... Ella tampoco iba a gustar de nadie. ¿Tan feos podían
ser los hombres?
—Estás
tocando cualquier cosa Laura—gritó Sarita desde la habitación lindante—
¡Concentrate por favor!
Laura pegó un respingo en el taburete, enderezó su
espalda, posicionó bien las manos y
comenzó el preludio desde el principio.
—Dos veces
más—ordenó Sarita—, ahora voy y te lo tomo.
Laura hizo el esfuerzo de repetir la lección. Los
dedos le temblaban. No era por eso, seguía lloviendo y quedaba un cuarto de
hora para que la clase terminara. Hoy no le iban a tomar lección de Solfeo y
Teoría, por falta de tiempo, pero igual le iba a ofrecer a Sarita quedarse un
rato más y darla. Tampoco la tranquilizaba eso. Respiró profundo y se llenó del
aroma de eucaliptus medicinal otra vez. Quiso tener todo el invierno preso en
sus pulmones. Y el verde casi gris de las hojas como algodones flotando en la
lata y el cielo tormentoso también. Porque el camino ondulado de árboles mullidos y ocres protegían a Rachel de
cualquier intruso que quisiera dañarla. Sus manos otra vez entraron a jugar sin
tregua sobre las notas y le daba igual errar o no llevar el tempo
correctamente. Lo que quería era escapar con su heroína y la música era como
una alfombra mágica. La llevaba lejos. De a saltitos, en dos o tres acordes y
un arpegio, podía jugar a que era otra. Ya no Rachel que era inalcanzable. Podía
ser Diana, que algunas veces se equivocaba, o mentía o faltaba y todos la
querían igual. Diana era de verdad. Tenía nombre y apellido. Era su hermana,
pero tampoco a ella se animaba a contarle que los días de lluvia, camino a la
clase de piano había un hombre con gabán azul que la esperaba y al verla venir,
se abría el abrigo y desnudo, le mostraba sus miserias.

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