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lunes, 19 de septiembre de 2016

Ley de atracción


Ya queda poco, faltan dos cuadras y espero resolver esto de una vez por todas. Es lo último que hago por él. Ojalá suceda antes algo. Algo que me quite la penosa tarea de hacerlo yo. Lo que voy a hacer, es lo único que se me ocurre para que me deje en paz. Ojalá la tierra se abra ante mis pasos y yo quede atrapada allí, entre los escombros. Que la tierra con su boca de arena me trague y me mastique despacio, así no sigo caminando. Así no hago esta locura, pero no. La tierra no se abre, sigue tan tranquila ahí como si nada, sólo una pequeña baldosa rota me salpica un barro podrido en mis zapatos. Creo que empieza a funcionar el tema de los zapatos. Eso me tranquiliza un poco. Éste, para él, es un buen lugar para encontrarnos. ¡Un buen lugar! Acá lo más común, es que te salte algún tipo entre las sombras y te corte el cuello con una navaja por dos mangos. Me arremango, así el reloj brilla más en mi brazo y soy presa fácil. No viene mal ayudar un poco a los zapatos. Camino titubeando, alguien va a saltar sobre mí de un momento a otro, y no es que no quiera, pero no soy tan fría. El filo de un cuchillo va a cortar mi yugular y voy a morir desangrada. Camino temblando y pienso eso una y otra vez. Ley de atracción, le dicen. A pocos pasos, él se va a impacientar porque no llego y va a venir a mi encuentro. Sabe que vengo derechito por la avenida, porque allí me deja el colectivo y me va a encontrar agonizando, en un charco de sangre y con un hilo de voz le voy a decir que fue su culpa. No va a poder seguir viviendo tranquilo, con el peso de haberme hecho venir tan tarde a este lugar de mierda. ¡Tal vez me lo hizo a propósito y yo como una boluda entré en su juego! Pero me las va a pagar. Los días se le van a volver una pesadilla. Cuando cierre los ojos y me vea con el cuello abierto en dos y mi mirada como de piedra diciendo  “por tu culpa, por tu culpa” porque aunque yo ya no pueda decir nada, lo van a decir mis ojos.

Camino y no me cruzo con nadie. Apenas una pareja de viejos inofensivos investiga en los contenedores de basura a ver qué encuentran para comer o abrigarse y tan frágiles son, que se sostienen el uno con el otro. Salta una rata y casi me desmayo. Esto es lo más peligroso que me sucedió hasta ahora y eso que llevo puesto los zapatos. No me tengo que morir de un susto, si eso sucede y él me encuentra, va a pensar que me morí de un infarto porque iba a verlo a él. Hasta quizás piense que yo venía ilusionada con su encuentro y de la emoción el corazón se puso bobo y explotó. Entonces me sobrepongo al susto y sigo imaginando el momento en que llegue al semáforo de la esquina, que es mi última chance. Todavía falta un trecho largo. Aún se me puede caer la maceta de un balcón o el mismo balcón se podría venir abajo y aplastarme. Estas casas están podridas de humedad, no sería raro que se descuelgue un pedazo de mampostería y me parta la cabeza. Otra vez pienso en la ley de atracción. Camino buscando el lugar apropiado para que en caso de romperse o caerse algo, sea sobre mí. Yo también tengo que ayudar a la ley, tanto como los zapatos a mí. Y ahí voy, midiendo los pasos. La respiración agitada, el corazón al galope, las manos apretadas como los dientes, deseando que se me venga abajo esa pared que se sostiene a gatas con unos tablones. Desde la esquina se va a ver el derrumbe, y si yo no llego, él se va a acercar a mirar y se va a dar cuenta que soy yo, por los zapatos. Me puse los que él me regaló el día que fuimos al Cottolengo Don Orione. Unos de cuero de pitón, que hacían juego con una cartera que también me regaló. Porque será lo que será este desgraciado, pero siempre me hizo regalos de buena calidad. Aunque reconozco que este regalo fue el principio del fin. Me di cuenta tarde. No traje la cartera porque la piel se fue secando y le faltan algunos pedazos al costado, pero los zapatos están impecables. Casi no tienen uso, porque con ellos tuve verdaderas desgracias. Además los traje por si llegara a encontrarme irreconocible, él se va a dar cuenta que soy yo. Nadie en el mundo más que yo es capaz de ponerse esta bazofia. Son realmente feos, caros pero feos y tienen la yeta pegada a la suela, por eso me los puse.

Con ellos puestos me caí de las escaleras de mi edificio llenándome de moretones y perdí dos dientes. Con ellos pisé una cáscara de banana que me tuvo dos meses con la pierna enyesada mirando el techo. El día que me sacaban el yeso, tenía puesto el zapato de piel de pitón en el otro pie, de la nada salió un perro furioso y me desgarró la pierna sana a mordiscones. Otra cosa horrible que me pasó y que le eché la culpa a los zapatos malditos: es que él, el desgraciado hijo de una gran puta, que me está esperando ahora en la esquina, me dejó por otra. Me abandonó en mi peor momento, con una pierna quebrada y la otra mordida. Se fue con la mocosa de al lado, la hija de mi vecina a quien yo le pagaba para que viniera a ayudarme. Ya me imagino cómo me ayudaba: me llenaba de pastillas y cuando me quedaba dormida, el gusano y la vecinita se deberían revolcar en el sillón a sus anchas. Vaya a saber lo que harían esos dos. Siempre lo negaron, pero a mí cuando se me pone algo en la cabeza, no hay quien me lo saque. Es por eso que tengo tanta bronca, porque al menos lo hubieran aceptado, pero no. Los dos juraron y perjuraron que eran cosas que se me habían metido en la cabeza. Ya perdí diez kilos de la rabia que tengo. Y por eso vine con los zapatos, porque con ellos al menos esto de buscar la muerte tiene que salirme bien. Seguro que entre los paredones arruinados de estas casas y el polvo y las maderas y los clavos y los ladrillos y las ratas, él va a ver los zapatos y el resto de sus días van a ser una tortura. Se lo merece por haberme dejado tan sola, llena de mentiras, cada vez más flaca y retorcida de bronca. Se va a culpar de haberme hecho venir hasta acá, como si tuviera que ocultarme. No debe querer que alguien nos vea, pero le va a salir mal, porque se van a enterar. Esto va a salir en los noticieros, en la radio, en los diarios. Crónica va a ser el primer medio en llegar. Todos lo van a ver.

Él quiere verme porque dice que le pasé mi mala suerte, que desde que lo maldije el día que lo eché de la casa, todo le empezó a ir mal: que perdió el trabajo, que le robaron el coche, que lo asaltaron dos veces, que una de las veces le rompieron la nariz y ahora respira mal. Y lo peor, se cumplió lo peor. Lo que yo le vaticiné: para mí que se encontró a la piba en la cama con mi sobrino, el hijo de su hermano, mi cuñado. Parece que la mocosa y el pibe están de novios. Eso me lo contó mi suegra, para que yo recapacite y vea que él no está con esa perra. Ella dice que todo esto es idea mía, que la ley de atracción no es como yo digo, que hago mal las cosas y así me va.

La cuestión es que ayer me llamó desesperado para que venga hasta acá donde nos vimos por primera vez. Dice que si lo perdono acá, vamos a encontrar la paz y por ahí podemos volver. Pobre tipo, quiere paz. No sabe lo que le espera.

Es raro andar con estos zapatos y que no me pase nada, que no se me caiga nada. Ni siquiera me caga una paloma, eso que sobrevuelan cientos a mi paso. Lo único que me alivia la ansiedad, es la pelotita anti estrés que aplasto sin parar con mi mano derecha en el bolsillo del tapado. La aplasto y pienso en su cara redonda, blanda y roja. La aplasto y hago de cuenta que son sus ojos, sus testículos, su nuez de Adán lo que aplasto. La verruga gigante que le cuelga del labio superior y que él disimula con ese bigotito de foca que tiene, le aplasto. Qué tipo inmundo, yo no sé cómo pude haber estado tanto tiempo con él, pero aquí voy a su encuentro para terminar con esta historia. Hoy es la última vez. Ya llego. Me odio y lo odio, pero más me aborrezco a mí por estar acá, por creer que esta va a ser la última vez que camino estas calles. Mi suerte es una mierda y seguramente voy a pisar estas veredas mil veces más hasta gastarlas y él siempre va a estar parado en esa esquina con su cara hinchada y su asquerosa verruga, que por más que la quiera esconder, le salta como un gusano violeta y aterrado entre los dientes y los pelos del bigote. Antes de verlo a él, veo a la verruga. Aplasto todo lo que más puedo la pelotita en mi bolsillo. Nos separa un semáforo verde. No cruzo. Lo miro y no cruzo, espero el rojo. Mi mano destroza la pelotita.

Usando la ley de atracción rogué con fe ciega que se parta la tierra ante mí y me trague. Atravesé una de las peores calles de la ciudad, donde es un milagro salir viva y no sólo salí ilesa, sino que tengo todas mis pertenencias intactas, menos la pelotita que se desintegra en pedacitos de goma caliente bajo mis uñas. Caminé bajo todos y cada uno de los balcones de estos edificios podridos a punto de venirse abajo y ni una mísera cáscara de pintura se cayó sobre mí. Temo que mi representación final sea un fiasco. Los pedacitos de goma caliente se me pegan entre los dedos, tengo náuseas.

El semáforo se pone rojo, respiro hondo. Tomo coraje. Lo veo. Está parado como dijo, en la esquina que dijo y su cara es tan roja como una bola de fuego. Un fogonazo de rencor me encandila los ojos. Dudo un instante. Mis pies están paralizados en el borde del cordón de la vereda. Los autos pasan a una velocidad estrepitosa. Dos o tres pasos y seré arrollada por uno de esos bólidos y le voy a arruinar la vida. Para siempre me tendrá que ver reventada en el suelo, con la cabeza partida y esa expresión que ensayé todos estos días. Como de revancha, como de “tomá, carajo, te gané”. Acá me tenés y ahora hacé conmigo lo que quieras. Si querés guardá los pedacitos míos en un frasco de formol así los mirás y mirás cuando me extrañás mucho. Y te das cuenta del desastre que hiciste al engañarme con la perra esa y no lo negás más.

La cabeza me late con locura. Bajo el cordón, ciega ¿Quería paz? Voy a entregarle todo lo que tengo para que se quede bien tranquilo. Recupero la visión, busco su cabeza púrpura como referente y no la encuentro. Sólo veo ante mí dos o tres autos colisionando y por los aires un cuerpo redondo que se eleva y cae pesado contra el asfalto. La gente que me rodea grita sofocada. Camino despacio hasta el bulto embestido que yace sin moverse en el medio de la calle. No puedo creer lo que estoy viendo: es él y un ramito de flores desparramado. Su cabeza está más roja que nunca. A borbotones le salen ríos de sangre por todos los orificios que alcanzo a ver. En medio de ese torrente espeso, la verruga está intacta y sus ojos clavados en el aire con una expresión vacía. Tal vez haya querido decirme algo en esa mirada final, pero me mira así: frío como un pescado en la góndola de un supermercado. Tan inconmovible es su mirada y está tan cerca de mis zapatos que me estremece. Sin que nadie lo note me descalzo y allí quedan los zapatos malditos embarrados con el agua sucia de la alcantarilla. Ahora manchados también con su sangre. Nunca más voy a usarlos.

Pego la vuelta pensando en mi mala suerte y en cómo voy a hacer ahora para olvidar esto. Pienso en las flores que había traído, se me viene a la mente todo el asunto de la ley de atracción y me retumba en los oídos la voz de mi suegra, diciendo que ni el tiro del final me va a salir.



sábado, 3 de septiembre de 2016

La botella de vino






Aquella madrugada iba a ser recordada por siempre entre nosotros. Y por más que de tanto 
en tanto, nos seguimos preguntando lo que pasó con el Tolo, no encontramos respuesta.

Ese día cuando me levanté tuve la impresión de que los nubarrones oscuros, enganchados al cielo, se iban a desmoronar de un momento a otro. Entonces cuando terminé el mate cocido, decidí ponerme el camperón y antes de salir guardé en mi mochila la botella de vino. Dice la Zuly que somos una manga de borrachos, pero no es verdad. Yo le voy dando de a sorbitos al pico y el día se me hace más llevadero en la obra. A veces lo mezclo con jugo de naranja de esos de polvitos que preparan los chicos, para hacerlo estirar, pero esa vez llevaba la botella llenita y pura. Era lunes. Nos encontramos en la esquina de siempre con los muchachos del barrio. Después de varios asaltos, nos hicimos la costumbre de salir todos a la misma hora a trabajar para acompañarnos. La calle está dura y es el modo de asegurarnos que no nos va a pasar nada.

Bueno, eso de que no nos pase nada, era en caso de que nos afanen. Que te salte de atrás de alguna puerta o un árbol un par de chorros y se queden con tus cosas. Nunca imaginamos que el que nos iba a saltar de la nada iba a ser el Tolo, que esa vez no estaba en la esquina junto a los demás y pensamos que faltaba. Pero no, estaba ahí. Se nos apareció entre las sombras de la madrugada, con la cara desencajada y a los gritos pidiéndonos el vino.

Al principio nos quedamos duros, pero ante su insistencia, yo saqué mi botella y se la di. Le dije que era para el mediodía, que estaba cerrada. Que la abriera, me gritó. Su voz era como un aullido y le obedecí sin chistar. Era un vino barato, tenía rosca y enseguida se la pude dar abierta.


-¿A dónde vas?-le pregunté.


-A celebrar mi partida-respondió con la voz hecha gajos.


Lo vimos terminar el vino, lo bebió de a sorbos largos. Vimos correr por la comisura de sus labios y luego por su garganta lo que no alcanzaba a tragar. Lo miramos en silencio, electrizados.

Una vez que terminó de beber arrojó la botella tan lejos como pudo y desapareció entre las sombras de la noche. Sin hacer ruido, del mismo modo que lo vimos aparecer.

Más adelante, en la carretera divisamos un tumulto de gente que bajaba de un micro agarrándose la cabeza y gritando. Nuestros pasos apurados nos llevaron hasta allí, entre los fierros de su bicicleta estaba el Tolo aplastado bajo la trompa del bondi.

Sobre la carretera estaba rota en pedazos nuestra botella de vino.