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sábado, 27 de agosto de 2016

Animándome a "decir"



¿Por dónde se empieza a contar un sueño que se está haciendo realidad? Y que a la vez mi relato sea breve, porque si es por mí, empiezo por esos días en que tenía 5 años y le contaba cuentos a María, una vecina viejita del barrio, que era mi amiga y una de las primeras personas que me registró como inventora de historias y...

Tranquilos, la voy a hacer corta. Estoy trabajando en la publicación de mi primer libro de cuentos. Ya firmé el contrato con una editorial independiente llamada Peces de Ciudad.

Y ahí voy yo de la mano de esta gente linda y emprendedora, dejándome llevar y abriendo con timidez la puerta de la alegría. Porque siempre quise, pero (ay, yo y mis contradicciones…) pensé que jamás me iba a atrever. Pero me animé, porque como dice Clarice Líspector por ahí, hace falta valor para hacer lo que voy a hacer: decir. Y arriesgarme a la enorme sorpresa  que sentiré con la pobreza de la cosa dicha. Y además, lo más importante de todo: no haber desistido de mí.
 
Así que amigos del blog, de la vida, de las letras, del colegio, del barrio, familia querida estoy en pleno proceso de edición, ya les iré contando más a medida que vaya avanzando, por el momento me siento que voy arriba de una montaña rusa, pero contenta.

lunes, 1 de agosto de 2016

Evocaciones




"Has querido penetrar el cielo y era cielo pasando por los patos salvajes lo que penetrabas. Llegan de las afueras, no traen sino más selva por donde seguir pasando. Ahora te han sentado entre dos tumbas a saludar a los muertos, te encuentras con que los días llegan del lado del poniente, ¿por qué no irían hacia esta primavera que detecta luz en las corrientes de aire, resbaladiza luz de las cornisas, casas últimas, palabras últimas, la inmortalidad pasando entre las bestias, aire lujoso bajo los tilos, los mismos que mirados de lejos accedían a la ponderación azul, y sin embargo buscas el lado de los tapiales y te das vuelta a llorar sin que te vean."
Arnaldo Calveyra, El cuaderno griego.

(Tan cerca de mí ahora)

Digo, esa sensación de estar sentada entre dos tumbas saludando a mis muertos y ellos desde atrás sonriendo como solían hacerlo en su tiempo. El tiempo de antes, cuando era hija. Los días de bicicletas y charlas con amigos en las esquinas, las ropas de domingo. El tiempo de los bailes y los besos atrás de los árboles o en el parque, ese lugar que escandalizaba a mi madre. ¿Ella iría a besarse allí? ¿O sólo le quedaba el zaguán, el parral o el vano de la puerta?
Ese tiempo ido, que ahora encuentro que existió y estuvo guardado de mis ojos, revuelto entre papeles amarillos dentro de una caja que nunca antes había visto...

(Todo eso pasa mientras lo que debo hacer es guardar cosas en cajas, ordenar qué se hace con todo esto)

Estoy sola. Sola ante un momento final. Sola, como nunca pensé estarlo, pero es así. Debe ser así. Es un momento de absoluta intimidad el que vivo, meses de profundizar en el pasado, donde cada momento es como bajar y bajar escalones y llegar a distintas épocas. Siempre mas profundas. Es ir escarbando por dentro de la propia vida. Epocas, todas mejores. Ya sé, eso es la idealización de un tiempo. Un modo de mirar. Un color. Esa tonalidad del ayer algo descolorida. Colores envejecidos. Igual que esas fotos donde estamos mi hermano y yo el día de mi comunión. Las sonrisas pintadas, en especial los labios. Y el vestido azul de lana, que yo recuerdo turquesa, pero en la foto se ve gris. Mi pelo lacio, rubio. Mi piel estrenándose, tenía nueve años. Después, un año después, salió el primer grano. Ese iba a ser el principio de un largo camino de dolor y búsqueda de mi misma.

¿Quién iba a ser yo?

La cabeza va a estallarme de imágenes angeladas y mi garganta va a quebrarse, antes de hacer cualquier dibujo con el dedo cargado de agua.
Todos los diálogos, todas las ventanas, todos los viajes que cruzaron el cielo de mi paladar se fueron metiendo en mis manos y ahora han perdido el habla. 
Me abren las puertas del desamparo y aparecen unos días esquivos: ya no tengo padres. Y yo me quedo parada en la boca de una calle que no avanza. Sólo desde el recuerdo la puedo transitar.
Y voy por las veredas de baldosas rotas y vidrios tapados, y caen ante mis ojos como bucles todas las evocaciones. Si no dejo de mirarlas van a matarme. Son como un interminable tren fantasma que me traga, anulando mi instinto de supervivencia.
El presente se vive como a contramano y el futuro se presiente atormentado, como un cielo que se va cargando de presagios.
Miro la casa última, de a ratos lloro, mientras la vamos vaciando. La sostengo en mi memoria y a veces hasta creo que está igual. Que allí la mesa, mas acá las sillas, y los sillones estampados. Esos en los que era incómodo estar sentado y te obligaban a salir a la vereda y quedarte debajo de los tilos siempre tan abarrotados de hojas o de pájaros.

...Y ese perfume que siempre me va a llevar a la plaza Dardo Rocha en las mañanas de verano, cruzando en diagonal, con los dedos cruzados, con el solfeo y la teoría y la pila de libros estudiados bajo el brazo y las piernas casi temblando y a media cuadra el Conservatorio Medel y mi examen de piano...

Y al volver al presente, otra vez... ¿Ahora quién voy a ser?