Buscó algún parroquiano
con quien cruzar una mirada, pero no encontró a nadie. ¿Dónde estarían todos? El
café estaba vacío, hubiera sido bueno que alguien lo viera. Al final aunque el
libro no le interesara, era su único pretexto. Detrás de la ventana y entre
alguna que otra oración del libro, se dedicó a ver si entraba alguno de todos
esos que pasaban por la ventana que daba a la otra calle, por la que él había
llegado. Quiénes eran, qué hacían, le interesaba ver las expresiones que traían
sus rostros… Incómodo en la silla, algo destartalada, atento al tumulto
callejero, trató de matar el tiempo. Fumó un cigarrillo tras otro, jugando con
el humo y haciendo que leía. Su memoria se había vuelto frágil, le costaba
retener nombres extraños e imaginar
paisajes desconocidos o seguir largas descripciones. Su mente se iba de allí
con facilidad a ese trabajo que ya lo tenía cansado. Notó cierto fastidio al
tener que releer aquella historia descabellada, en esa silla torcida, que
mantenía su cuerpo en un leve vaivén, encima el café ya se había enfriado.
Pensó que había tenido
suerte, más allá de los ventanales había encontrado un refugio, y era mejor si
no salía. Nadie reparó en sus ojos, ni siquiera el mozo, pero supuso que
recordarían a un hombre mayor leyendo un libro viejo contra la ventana. Palabra tras palabra, continuó la lectura a pesar de que
su tranquilidad estaba quebrada por los sucesos que a esta hora serían de
público conocimiento. Esto antes no le pasaba, podía seguir con su vida como si
tal cosa, pero ahora se ponía así. Se estaba volviendo senil. Hizo un esfuerzo
denodado por seguir la trama, por no perder cada detalle que lo haría avanzar
en la historia y distraerlo, pero leyendo el párrafo donde una mujer caminaba por la calle
bajo el sol del otoño con flores en las manos, se le volvió intenso en su mente el grito ahogado de
esa otra mujer de andar tan apacible y real, que vio primero comprando flores
al lado del puesto de diarios, con la sonrisa luminosa, tan ajena a todo.
No debía tomar mas café y menos si estaba frío, pero lo terminó y pidió
otro, por dentro un fuego le quemaba la boca del estómago. Este trabajo iba a
terminar con él. ¿Por qué lo hacía? La prosa
cansina del cuento se estiraba lenta, como los relojes de Dalí y pensó que esos
fragmentos se parecían mucho a su vida de todos los días, menos los días como
hoy, por ejemplo, que había tenido que hacer esa changuita. Tal vez lo llamaban a él porque no se le escapaba ningún
detalle. Podía recordar con minucia cada momento preciso, cada gesto, seguir cada movimiento inesperado. Lo cierto es que jamás
perdía el rastro y nunca fallaba. Eso lo cobraba caro y vivía bien, sin grandes
lujos.
Todo estaba
escrito allí, hasta lo que no debía pasar, pero pasó. El sol pegó de lleno
sobre sus manos, y dio vuelta la página casi desesperado. Ese fragmento que
terminó de leer le hizo sentir un frío agudo en la nuca y volvió a la página
anterior. Leyó bien, casi pegado a las hojas. Ella compró flores en un puesto
callejero. Desde la vereda de enfrente en una ventana del segundo piso, el hombre reparó en el tapado color
canela, en su reloj y en el color de su pelo. Cuando ella levantó la cabeza
él pudo ver su sonrisa. Era como un espejo, pero eso no tenía que disuadirlo. Un
hombre elegante cruzó la calle mirándola, iba esquivando autos y bicicletas, hasta
llegar a la vereda del puesto de flores. La niebla gris de la mañana otoñal
comenzaba a recortarse para dar paso al sol. El diariero tenía que estar
distraído y justo se agachó a recoger alguna
cosa que él desestimó. La florista no tenía que ver nada y dio la espalda en
ese momento para acomodar unas flores. Leyó dos o tres fragmentos más y
comprendió todo. Comenzaron a temblarle las manos y el estómago revuelto casi
lo lleva de urgencia al baño. Iba a terminar con una úlcera.
Primero el
amante, mas tarde esa historia entre familiar y extraña, luego ella con su pelo
y su sonrisa radiante yendo a su encuentro con las flores. En lo alto dos
ventanas. Una con las persianas bajas y la otra entreabierta. En esta última el
brillo de una ráfaga silenciosa, un instante después el grito de ella, el
cuerpo de él dejándose caer, unas palomas en estampida surcando el cielo, los
pasos del asesino buscando la puerta, saliendo a la calle. Caminando como si
nada sobre la hojarasca ocre y entrando a la librería de viejo.

Joder.... que bueno.
ResponderEliminarAplausooooooooooooooooooooo!!!!!
Es una delicia y un privilegio, leerte.
Besos.
Gracias Xavi, el privilegio es mío =)
EliminarBesos.
Muy buen relato! Intriga hasta el final.
ResponderEliminarGracias Adriana, qué bueno que entraste!
EliminarBesos.
Circular, perfecto, intrigante. Realmente hay trabajos que matan.
ResponderEliminarBesos.
Hola Ybris, si que los hay, este era uno. Gracias por pasar por este cielo, besos.
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