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viernes, 23 de junio de 2017

Preludio



Laura retuerce su pelo atrás de la ventana hasta sentir dolor, mientras intenta matar la zozobra que la invade. No deja de mirar el reloj y la calle. Falta un cuarto de hora para las 15. Si quiere llegar a horario debería salir en 10 minutos  de su casa, pero llovizna. Se le cruza por la cabeza faltar. Por un momento siente alivio, eso dura lo que un respiro: es viernes y tiene lección de Solfeo, Teoría y Piano. No pudo estudiar; podría hacerlo ahora en vez de mirar para afuera hacia un lado y al otro de la calle como una desesperada. Solfeo no es necesario, hasta  le resulta fácil cantarlo. En cambio para dar Teoría, necesita leer: síncopa, contratiempos, anacrusa. No puede aburrirle más todo eso. Decide darle una leída, cree que algo va a recordar. Descorre la cortina y de un salto llega al escritorio. Tiene todo allí, incluso el libro abierto que ha tratado de leer luego del almuerzo y no ha podido. Sólo piensa en que llueve y en eso que la atemoriza. Eso de lo que no puede hablar. Sus ojos recorren el texto. Apurados intentan llegar al final; pero no puede hacerlo. Antes necesita espiar otra vez. La calle está desierta y mojada. Los vidrios, empañados… ¿o es su mirada? Tiene que dejar de pensar en eso. No tiene por qué repetirse hoy sólo porque llueve, sin embargo es lo que viene sucediendo. Tiene que concentrarse en la lección de piano. Le conviene dar primero Jinete Salvaje de Schumann, después que elija Sarita. El Hanon desde el uno al diez, también es fácil. Mira otra vez por la ventana, no deja de llover. Mete adentro del bolso el Czerny. Le duele la panza. La otra vez que había tormenta también faltó por lo mismo y Sarita le puso falta y la clase siguiente la mandó al piano viejo dos horas. Tiene que ir.

Hace frío, se pone la campera y agarra el paraguas. Al colgarse el bolso, siente que la tonelada de libros la aplastan, que le piden que se quede en casa, que no salga. Quieren cuidarla, piensa, pero cargada como un burro sale a la calle igual. En el umbral de su casa mira para todos lados y se larga a la vereda sin ver dónde pone los pies, se va atropellando entre las baldosas flojas y los charcos que se forman en las veredas viejas. Llueve de costado, finito pero constante. Atraviesa el camino sin detenerse en nada, al llegar a cada esquina echa un vistazo otra vez hacia todas partes. Faltan cinco cuadras y no ha visto nada. Decide bajar y caminar por la calle, pocos autos andan a la hora de la siesta. Laura tiene 12 años. Sabe bien que no debe aceptar subirse al auto de ningún extraño por más que llueva o que se lo pidan con una sonrisa. Aunque sean conocidos, tampoco, le ha dicho su madre. Que no, que muchas gracias, que prefiero caminar. Pequeñas defensas aprendidas que no le sirven de nada ahora mismo. Ella es obediente y su madre le tiene confianza, pero a ella no le sucede eso. Lo de la confianza. No ha podido decirle por qué no quiere ir a piano los días de lluvia. O que la acompañen, ya es grande se dice. No tiene claro si es asco, culpa, vergüenza o es que no quiere preocuparla. Este año ya le pasó varias veces. No han sido seguidas, pero sí suficientes para que le den ganas de vomitar cuando se acuerda o ataques de llanto atrás de la ventana antes de salir. Más cuando llueve como hoy. Tampoco siente valor para contárselo a Sarita. Ella pondría el grito en el cielo y le preguntaría qué clase de niña es que mira eso. Iría a preguntarle a Adria que es perfecta y ella le diría que no. Que ella obvio que no. Que qué horror. Entonces se sentiría peor, porque a ella sí.

Al llegar a casa de Sarita siente alivio, está sofocada.  Se apoya en la puerta cerrada y respira hondo. Adria, ha llegado antes y está en el piano de cola. ¡Cuándo no! El metrónomo le avisa que ha comenzado la lección de su compañera. El pulso constante de la melodía acompaña el maldito medidor del tempo. Lo odia. Tanto como a ese piano destartalado al que se le despegan las teclas y en el que va a tener que tocar hoy. También odia la lluvia. Y a ese hijo de puta. Al final se hubiera quedado en su casa fingiendo un dolor de panza mayor que los de costumbre, pero hubiera tenido que mentirle a su madre y no se atrevió…Mejor  empezar con Bach y practicar. Abrió la partitura y miró el pentagrama, detrás de ella, sobre un calentador pequeño hervía una lata con hojas de eucaliptus. El murmullo de las hojas batiéndose en el agua caliente le atrapó los ojos y el olfato. Respiró profundo, era el olor del invierno en el conservatorio. Por primera vez sintió algo de tranquilidad, comenzó a tocar el preludio. Sus manos se centraron en el arpegio y agradeció al cielo, o a quien fuera, el valor que tuvo para salir a la calle y llegar a tiempo. Amaba el momento de tocar el piano. Ya iba a volver el sol y con él, los días lindos, pensó. Entonces sus manos se dejaron llevar  por la melodía. Comenzó a deslizar sus dedos en breves caricias, volcándose sobre el teclado, agradecida. Estaba a salvo y en verdad no era ella quien estaba ahí, sino Rachel, la chica que cruzaba la pradera en un caballo blanco y se perdía entre árboles otoñales y…casi lo olvida…Sarita vendría a tomarle lección, pero aún no. Todavía había tiempo para que Rachel atravesara como una saeta el campo sin ser vista y llegara al refugio de su amado sin despertar sospechas. Llevaba en la cintura un cuchillo corvo de acero blanco. Tan valiente era la muchacha que desconocía el agobio de la sombra que provoca el miedo. ¿Acaso a Rachel nunca le había pasado eso que le había pasado a ella? Tal vez por eso iba armada. ¿Cómo se podía contar una cosa así? ¿Con qué palabras? Ella no era tan valiente. No poseía ni una pizca del encanto que tenía Rachel, ni el caballo blanco, ni el pelo resplandeciente, ni la caperuza  de terciopelo azul que se abría al viento como un par de alas y mucho menos ese amado tan hermoso que salía a su encuentro en el camino. De ella no gustaba nadie. Nadie la esperaba en ninguna parte, salvo... Ella tampoco iba a gustar de nadie. ¿Tan feos podían ser los hombres?
  —Estás tocando cualquier cosa Laura—gritó Sarita desde la habitación lindante— ¡Concentrate por favor!
Laura pegó un respingo en el taburete, enderezó su espalda, posicionó  bien las manos y comenzó el preludio desde el principio.
  —Dos veces más—ordenó Sarita—, ahora voy y te lo  tomo.

Laura hizo el esfuerzo de repetir la lección. Los dedos le temblaban. No era por eso, seguía lloviendo y quedaba un cuarto de hora para que la clase terminara. Hoy no le iban a tomar lección de Solfeo y Teoría, por falta de tiempo, pero igual le iba a ofrecer a Sarita quedarse un rato más y darla. Tampoco la tranquilizaba eso. Respiró profundo y se llenó del aroma de eucaliptus medicinal otra vez. Quiso tener todo el invierno preso en sus pulmones. Y el verde casi gris de las hojas como algodones flotando en la lata y el cielo tormentoso también. Porque el camino ondulado de  árboles mullidos y ocres protegían a Rachel de cualquier intruso que quisiera dañarla. Sus manos otra vez entraron a jugar sin tregua sobre las notas y le daba igual errar o no llevar el tempo correctamente. Lo que quería era escapar con su heroína y la música era como una alfombra mágica. La llevaba lejos. De a saltitos, en dos o tres acordes y un arpegio, podía jugar a que era otra. Ya no Rachel que era inalcanzable. Podía ser Diana, que algunas veces se equivocaba, o mentía o faltaba y todos la querían igual. Diana era de verdad. Tenía nombre y apellido. Era su hermana, pero tampoco a ella se animaba a contarle que los días de lluvia, camino a la clase de piano había un hombre con gabán azul que la esperaba y al verla venir, se abría el abrigo y desnudo, le mostraba sus miserias.

martes, 13 de junio de 2017

Ya que lo pregunta...



La noche  del 7 de diciembre estaba por llover. Toda la tarde el cielo se había ido cargando de nubes negras. Había pasado la medianoche cuando un rayo iluminó la sala donde yo estaba. Del sobresalto el libro que tenía entre las manos se me cerró de golpe. Sin abrirlo me quedé sentado en el sillón mirando cómo las sombras de los fresnos  se mezclaban con el agua que golpeaba la ventana. No escuché cuando se abrió la puerta, tampoco los pasos que se acercaron hacia mí, sólo sentí un golpe seco en la cabeza que me dejó fuera de juego.


Cuando desperté, la luz estaba cortada. La tormenta se había desatado con furia sobre los techos. Me dolía la nuca, al pasarme la mano por detrás noté que tenía un pequeño tajo, con  sangre pegada al cabello. No entendía que había pasado. Me quedé duro al girar y comprobar que no estaba solo, en un rincón de la habitación alguien me miraba. No sabía quién era, sólo pude ver el brillo de sus ojos enormes y al bajar la vista, descubrí que a esa persona le temblaba un arma entre las manos. Me apuntaba con ella. Yo no podía hablar, el cuerpo se me había aflojado por completo, las rodillas se me doblaban. Hice un gran esfuerzo para no caerme. Ya estoy viejo para estas cosas, en otro tiempo hubiera tenido otra reacción, pero ahora vivo  agitado y débil, por el pucho ¿me entiende? Tengo EPOC. Una mierda vivir así.

Me miraba desde un rincón. No le voy a hacer nada, me dijo la sombra. Era una voz de mujer. Una voz entrecortada y joven. Entonces le supliqué que bajara el arma. Le ofrecí, para que se fuera, todo lo que tenía a mano. No era mucho, pero…ella me dijo que no. Que no había venido a robar. Que no era una ladrona me dijo, y ahí me di cuenta que estaba por llorar, porque la voz se le quebró. Le pregunté qué quería y ella dijo que la dejara estar ahí. Tenía además del arma, una criatura en los brazos. Ahí la reconocí. Era la mujer del policía.


Y ya que vamos a contarlo pongamos un poco de orden, bajemos por la escalera de esta casa hasta el domingo 7 de noviembre, justo un mes antes. Cuando le alquilé la parte de abajo a una pareja que me mandó García, el del almacén de mitad de cuadra. Como vinieron de parte de él, no les pedí demasiadas cosas. Con García nos conocemos hace añares, pero esta vez le falló el olfato. Tal vez él tampoco sabía qué tipo de gente era. En realidad la señora era tranquilita, mas bien callada. Ni se la escuchaba durante el día. Eso me gustó, porque la gente que alquilaba antes me tenía cansado con esa música. Todo el santo día con el reguetón al mango o como se llame esa porquería que escuchan. Por eso cuando vi que él era policía, educadito, de pocas palabras; a mí me gustó. Ella era mayor que él y no preguntaba nada. Todo le parecía bien. Siempre que la vi tenía esa criaturita en los brazos, que tendría dos o tres años. Una nena, siempre con el chupete o la mamadera y despeinada. Y ella con un pucho en la mano. Yo le decía que lo dejara, que me mirara a mí que no podía más con la tos, pero ni caso. Ya sabe cómo somos los fumadores… 
La cuestión es que se acomodaron en la casita de abajo. Son dos ambientes sin pretensiones, miren. Yo la pinté de amarillito y le puse unos muebles que tenía. Ellos vinieron con el colchón y unas bolsas de ropa nomas. Y empezaron a vivir. Bueno, eso es una forma de decir, porque para mí que esto venía de lejos. Yo no soy de meterme en la vida de mis inquilinos si ellos no presentan problemas. Soy respetuoso. Ahora, para venir acá, bajamos por esta escalerita interna, pero tengo otra salida exterior. Que es por donde bajo siempre.  Al tener salida independiente se alquila más fácil.


Ya le digo, como yo no soy de hablar mucho, ni sabía lo que pasaba en esa casa. Porque no se armaban peloteras, ni griteríos ¿me entiende? Él parecía un buen muchacho, un tipo de trabajo, pero según ella era un mal bicho. Eso me lo contó esa noche, hace un mes. Él no era de pedir las cosas dos veces. Si no estaba listo lo que quería a la primera, la segunda venía el tortazo. El tema grave eran los celos. Como ella tenía esa nena de otro tipo, tenía dudas del embarazo actual. Y con ese asunto se fue poniendo loco, pero loco mal. Si usted lo hubiera visto, todo flacuchín y tímido, jamás se hubiera imaginado lo que ella me contó. Yo no quiero hablar de ciertas cosas porque hasta a mí me dan pudor. Mire que soy viejo eh, y nada debería horrorizarme con lo que llevo vivido, pero lo que esa mujer me detalló no tiene nombre. La dejaba encadenada con las esposas, mano y tobillo. Todo el día. Y ella con una panza así... Yo pensé que era gordita nomás, pero no, estaba de varios meses. El tipo un degenerado, mire. Con el bastón… ¿me entiende? Un hijo de puta. Y ella ni sé, era mas corpulenta que él y todo, pero sin carácter o vaya uno a saber. Hasta que se cansó. Es como todo. Estas cosas nunca salen bien. Esa noche que se metió en mi casa, estaba a medio vestir. Cuando la tuve cerca y le vi la cara, estaba golpeada, tenía el labio partido y le faltaba un diente. Habían discutido porque ella no quería más, usted me entiende. Y la fajó. No gritaba ni nada, pero cuando decía algo me ponía los pelos de punta, estaba decidida a todo. Me hubiera matado a mí también si hubiera sido necesario, porque estaba trastornada. No era la mujer que yo conocía, la calladita y obediente. La gordita buena que fumaba por la ventana y me daba un mate al pasar si no estaba él. Esa noche tenía la voz ronca, una voz que nunca le había escuchado, como rasgada y de hielo. Con esa voz me dijo que la dejara estar ahí. En el rincón que quedaba entre el ropero y la pared. Que no me moviera. Que no gritara. Que lo había matado me dijo, de un tiro en la cara mientras dormía. Parecía que iba a llorar, pero no. Se tragaba los mocos y seguía diciendo cosas que no voy a repetir, pero me dijo que ya no le bastaba con ella y que había empezado con la chiquita. ¿Me entiende? Y que se estaba por ir cuando él se durmió, pero cuando vio el arma reglamentaria ahí, sobre la mesita; el asco que tenía encima pudo mas…el dolor de ver al malnacido con la nenita… no lo pensó dos veces y le disparó. 
Todavía están sus cosas, de la familia no vino nadie. No sé qué hacer. ¿Usted podría ayudarme? Así pongo la pieza en alquiler.




sábado, 21 de enero de 2017

Rendición



La literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas partes. Es así que uno puede llegar a espíritus sensibles y también a rocas. De los espíritus tiernos no voy a hablar, uno sabe que existen y eso ya hace más bonita la vida. Uno siente al tomar contacto con ellos, como si encontrara inmensos campos florecidos para tirarse de espaldas a pastar ideas. Son algo así como grandes colchones de aire y se inflan para aliviarte. Son sensibles. Perciben tu caída. Avistan tu llegada. Te aprecian. Vislumbran el temblor inquieto de tu espíritu. Sospechan tus miedos, porque ellos también los tienen. Son empáticos. Te cobijan. Les impresiona tu vuelo. Hasta los más esquivos y endurecidos espíritus en algún momento flaquean y se enternecen.
Pero no quiero hablar de ellos, necesito hablar de las rocas. No porque sea indispensable ablandarlas con palabras, eso no sucede. Lleva miles de años convertir una roca en arena, de eso sabe mucho el mar. Un ser humano no tiene ese tiempo.
Tampoco necesito hablar de las rocas porque deban ser recordadas o tenidas en cuenta, son necesarias en casos tales como instrumentos quirúrgicos, cableado de telecomunicación, baterías, perforadoras, joyería - sin minerales de roca dura, ninguno de estos elementos existiría.
 Me refiero, para que quede claro, a los espíritus rocallosos. Todos saben que ahí están esos mamotretos en medio de los caminos y permanecen como vacas sagradas a lo largo de la vida de todos nosotros. Y ahí vamos aprendiendo a evitarlos. Los vemos estacionados en su dureza y como ya hemos gastado pólvora en chimango, hemos doblado a mitad de cuadra, nos hemos hecho los bobos por nuestro propio bien, hemos puesto esa cara que ya sabemos y el olmo no dio peras, el problema no es del espíritu rocoso, el problema es nuestro.
La piedra sigue allí sin inmutarse. Enorme. Convencida de su condición. Alarmando a todo lo blandito que se le acerque y haciendo un hoyo donde ha de enterrarse por los siglos de los siglos, amén.
Pues bien, aprendida la lección número cien mil doscientos treinta aproximadamente, me rindo.

miércoles, 18 de enero de 2017

Sobre heterónimos y poesía.



“Me puse a escribir porque otra vez tenía ganas de llorar”

-Arnaldo Calveyra-





…pero nunca lloré:
una vez que se empieza,
¿qué razones hay para dejar de llorar?


El misterio a veces llega de manera rotunda y se despliega ante los ojos ávidos por descubrirlo. Eso le sucedió hace pocos días a una amiga de una amiga de una amiga que sin buscarlo, lo encontró. Primero en unos párrafos que la conmovieron, luego revolviendo todo para saber de él. ¿Cómo no lo conocía? “Vivo en una media” me dicen que dicen que dijo, qué decadencia madre mía estar tan dormida. 
Se vistió, se encomendó a la virgencita del valle y salió a esas calles mugrosas del barrio donde vive. Me dijo la amiga, de la amiga de ella, que ese día sentía una gran angustia, algo así como que se había tragado un elefante y se le había quedado atravesado en la garganta. Y al leerlo poco a poco la tonelada de hastío comenzó a circular por los vasos sanguíneos y entró a inundarse de la savia tornasol del viejo poeta.

Le voy a poner un nombre cualquiera a la amiga de la amiga de mi amiga, para de aquí en mas llamarla así: Ema.


Ema tiene más problemas que los Perez García, pero vayamos al fundamental, al que la tiene presa: es fóbica. Pero, muy. Por eso la entiendo y la escribo desde la compasión más absoluta. Le tiene miedo a casi todo. Imaginen que no se anima a subir a un bondi, ni a trasladarse por la ciudad porque siente que se pierde y que al bajarse no va a saber cómo regresar. Es un miedo infantil y absurdo, pero le sucede. Además de ser una tontería vista desde afuera, ella misma se contradice cuando harta de todo, un día cualquiera se enoja con todo el mundo y les grita que se va a ir a la mierda y no va a volver nunca más. Eso lo dice de loca perdida, porque mirá que no va a volver, con lo que quiere a quienes quiere, la pobre. Todos estamos seguros que no lo haría, pero siempre amenaza con eso, con escapar a campo traviesa y perderse en terrenos inhóspitos y escarpados pudiendo desaparecer así del acoso mundano. 

Pero volvamos a ese momento en que Ema estaba leyendo la nada misma y se topó con un artículo del viejo poeta y no paró de leerlo durante todo el santo día y el día siguiente y el otro y el otro y el otro. Y se preguntaba cómo, cómo, cómo no lo había leído antes y se topaba con esta respuesta


“No me has encontrado, me anduve empapando de rocío. Temprano irisado.
Iba cantando, iba contándome, iba abriendo maizales con el canto al canto.
Los perros lo toreaban a Dios de tan visible.” 
–Del libro de las mariposas-


Ema a esta altura ya estaba viajando a verlo, porque cómo podía ser que estando tan cerca no corriera a darle un abrazo. Porque lo que quería era eso, abrazarlo, tal vez por primera y última vez. Sólo eso. 
Cuando llegó, para entrar al recinto tuvo que hacer una hora y media de cola, de pie. Al entrar creía que flotaba. No era emoción, era que los pies se le habían entumecido y por más que corriera, siempre estaba en el mismo lugar.

La feria del libro es el lugar más explicado para hallar un stand y también es el lugar más fácil para perderse. Recordemos que ella es fóbica y una de falencias es no saber nunca dónde está y para eso se lo pasa mirando todo el tiempo calles, direcciones, numeraciones que suben y bajan y se pierde igual. De más está decir que estaba perdida, pero un ángel la guió y llegó al lugar donde estaba el poeta. 
Todo el mundo estaba saliendo. Si, se iban. Para su desgracia la lectura de poemas ya había finalizado, entonces con sus pies dormidos se sentó en una silla a mirarlo. Ahí estaba el misterio mismo corporizado. Lo miró mucho, así como se mira la maravilla. Arnaldo Calveyra era como lo había visto en alguna que otra foto. Un ser terrenal. Delgado, alto, de ojitos claros, narigón y tenía una sonrisa dulce y amorosa rodeada por un alo de pelo cano. Le calculó unos 80 años y un niño feliz asomando en su mirada. Ema, callada, con el corazón en la garganta, ya sin el elefante de unos días antes, a instancias del ángel que la guió hasta allí, se puso de pie y caminó hacia él. Le ofreció un beso, el poeta le dijo que se darían dos y allí hablaron cosas alegres.

Luego vino todo lo demás.


 ¡Despierta, viene el día, un pájaro se suelta de los ríos, despierta!
Le van quedando dos velas a la luna, vela del sur, vela del oeste, mariposa, mariposa enloquecida con su sombra descubierta.
¡No queda nadie en casa! ¡No duermas más, despierta, el agua no tiene imágenes, los caballos no imaginan!


Y allí regresó Ema, tratando de despertarse, nadando a brazo pardito, despierta entre aguas oscuras, con los ojos abiertos entre matorrales de algas, confundiendo sus lagrimas de nunca llorar con la escritura. Garabateando versos en esa libretita de nada, ir recuperando el rumbo, hacer que todo lo que la aleja del mundo se corte en la próxima esquina sin señal, soltar el viento que la empuja para atrás, despuntar las flechas de la rabia…


“ir perdiendo la memoria
es dejar un día de crear distancia,
ya no ser artefacto del mar



El misterio a veces llega de manera rotunda y se despliega ante los ojos ávidos por descubrirlo. Eso le sucedió hace un par de años a una amiga de una amiga de mi amiga… A una tal Ema.

O podría decir, ya sin heterónimos de por medio, que me sucedió a mí. Que sin buscarlo, lo encontré. Primero en unos párrafos que me conmovieron, luego revolviendo todo para saber de él. Leyendo todo lo que encontré de él ¿Cómo no lo conocía a Arnaldo Calveyra con lo que adoro la poesía? Vivo en una media, qué decadencia madre mía. ¿Cómo podía estar tan cerca y no correr hacia él? Dije yo, fingiendo que Ema era una amiga de una amiga y todo eso que ya les conté en el post...