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martes, 19 de abril de 2016

El Boby y los pájaros.



"En la miserable luz de la mañana invernal poco a poco te ibas dejando convencer por unos pájaros.” -Arnaldo Calveyra-

El Boby salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto, derecho a la tranquerita blanca. Se detuvo atrás de las maderas gastadas hociqueando a través de ellas y con los ojos  atentos  y las orejas en alerta se sentó sobre sus dos patas traseras.  Esperó un rato mirando la calle, mas allá de los pocos autos que pasaban y las veredas desiertas, no era un día de invierno mas, de esos en los que da gusto sentarse en la entrada de la casa y ladrar a la gente que pasa haciéndose el malo  o esperar que llegue el diario. El Boby iba y venía por el largo pasillo que lo llevaba al fondo una y otra vez.  En las ramas de los paraísos, al costado del camino, unos pájaros enjutos y ruinosos empezaron a posarse, al principio unos pocos, después fueron llegando más. No hacían otra cosa que chillar. Ladró a mandíbula batiente sin poder alejarlos. Los pájaros lo miraron circunspectos y convencidos de que allí era el lugar, se quedaron. 
El Boby se cansó de mirar para arriba y se puso a vigilar la entrada de la casa, tirado con desgano sobre un charco de agua, sólo se le movía la cola dando golpes contra el piso y salpicando la pared. De a ratos se volvía para atrás a mirar para el fondo y aullaba. No estaba contento como ayer, que había jugado hasta la noche con el pedazo de tronco que le tiraba una y otra vez Don Pere. Con el correr de las horas todos los paraísos se habían ido llenando de pájaros y el murmullo era incesante.
Fue cuando cayó el sol que se calmaron, a esa hora el Boby ya había entrado y se había acercado a la cama de su amo a pesar de que tenía prohibído entrar al cuarto, pero tenía que lamerle la mano con la lengua como si fuera un hueso y entró. Se le había puesto la idea en todo el cuerpo,  que tenía que entibiar la mano de su amo para que vuelva a jugar, pero eso duraba poco, al rato otra vez la mano volvía a enfriarse. Colgaba un poco al costado de la cama y el Boby se pasaba de acá para allá, por debajo de ella, haciéndose sobar el lomo, pero no era igual que siempre. La mano de Don Pere no lo rascaba, ni lo sacudía, ni le hacía caricias. Estaba quieta y dura y fría, entonces volvía a lamerla otra vez, insistidor como perro viejo. Y otra vez a ladrar y a salir al patio y a volver a entrar y a quedarse ahí mirando esa cama tan silenciosa que parecía vacía, pero Don Pere estaba ahí, sin despertarse. ¡Tenía que llamarlo! Se paró en dos patas al lado del viejo y ladró con todas sus fuerzas y con el hocico enganchó la colcha arrastrándola por el piso hasta rasgarla y conseguir que algunas plumas se elevaran por el aire. También ahí ladró con ganas, pero terminó agachado con las patas delanteras y las de atrás elevadas y gimiendo con la cabeza gacha, apoyada en el piso.  Hubiera deseado que Don Pere saltara a media noche para ir al baño, y que con el bastón le alcanzara a dar un coscorrón en el lomo por desobedecer y estar en la pieza, pero era todo muy extraño.
El viejo no se despertó temprano como de costumbre, amaneció lloviendo y aunque después paró, él siguió hundido en la cama. Al principio el Boby esperó y esperó clamando en la puerta del amo, no quería pasar para no enojar a Don Pere y él sabía esperar, pero algo no andaba bien y gruñó mostrando los dientes al aire quieto de la pieza hasta cansarse y fue entonces que salió hasta la tranquerita como buscando algo. Encontró el diario tirado, lo agarró de buena gana. Ahora sí Don Pere se iba a despertar, miró a los pájaros gruñéndoles para que ni se les ocurra nada.  Los pájaron siguieron allí como una amenaza. El Boby ya fatigado se fue para adentro y apoyó el diario y su cabeza en el regazo del viejo hasta que comenzó a gemir con la cola entre las patas.  No conforme con eso se subió a la cama olisqueándolo, dándole lambetazos por la cara y el cuello hasta que por fin entendió y se tiró a su lado. Pasó el día aullando y fue y vino muchas veces hasta la tranquerita que daba a la calle. Cerca del atardecer dos o tres pájaros lo siguieron y a esos pájaros lo siguieron muchos otros. La puerta de la cocina estaba abierta y atrás del Boby entraron los dos o tres que volaron primero y luego los otros. Enseguida se llenó la casa de pájaros. En la cocina, arriba del respaldo de las sillas, sobre la mesada, camino a la pieza, en las lámparas, sobre los sillones. Por toda la casa se acomodó la bandaba  completa y así pasaron la noche.
A la mañana siguiente, antes del crepúsculo enfilaron todos para el monte, el Boby los siguió por el pasillo con la cola caída y el andar debilitado. No pudo ladrar. Se quedó atrás de la tranquerita blanca viendo cómo el cielo se teñía de alas oscuras y entre ellas pudo ver lo bien que flameaban las radiantes alas de Don Pere.

6 comentarios:

  1. Qué lindo todo lo que escribís!!!! Tus relatos me transportan hasta ubicarme en el lugar y ese silencio mágico al terminar la lectura, me confirman que sos buena. Un beso amiga!

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  2. Que pena me ha dado.
    Y que bien lo has descrito.
    Es para leerlo con el corazón.

    Besos.

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    1. Fue escrito desde allí, me alegro que lo hayas leído con el corazón.

      Besos!

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  3. Precioso texto, Patito. El final es de una dulzura serena. La verdad es que yo me imaginaba que esas aves enjutas y ruinosas se lo iban a comer, así que el final fue como un bálsamo poético.
    Sin parafernalia emotiva ni golpes bajos, en la sencillez de este relato está su magia.

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  4. ¡¡Qué lindo que te haya gustado Gavri =) besos!!

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