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lunes, 30 de mayo de 2016

El camión rojo


Cuando nos cansamos de dar vueltas con el Hugo, nos fuimos caminando despacio hasta el río, y antes de llegar nos paramos como siempre a mirar los juguetes en la vidriera de Don Tolosa. Todas las semanas el viejo ponía algo lindo para ver. Esta vez había una colección de camiones antiguos de diferentes tamaños. A mi me gustó el rojo. Era un Mercedes Benz marca Duravit. Estaba buenísimo y me hubiera quedado ahí un rato mas largo, a ver si el viejo nos dejaba pasar a tocarlos un poco, pero mirando la vidriera en el reflejo me pareció ver a la mamá del Hugo pasando por la vereda de enfrente. Caminaba como ella, moviendo el culo para un lado y para el otro y tenía puesto ese vestido apretado que cada vez que se lo pone y pasa por mi casa, mi mamá dice que es una atorranta. A mi me parece que es linda, pero ni loco le digo nada. A todos los pibes nos gusta la mamá del Hugo; sin que él lo sepa decimos que la madre es un “camión”. El color del vestido era como el del camión de la vidriera y por un momento me sentí confundido, pensé que era mi imaginación, pero me di vuelta y era ella, con una carterita blanca y suecos bien altos.

El Hugo no vio nada y no le dije nada, por ahí se la agarraba conmigo porque yo andaba mirando a su mamá.
El día se había hecho sofocante y por las ventanas abiertas de las casas, el vaho que escapaba de las cocinas nos dio hambre. Compramos unos panchos y una Coca, y comimos sin apuro debajo de los árboles de la plaza. Las calles estaban desiertas.

A la hora de la siesta siempre es igual. Es la mejor hora para dar vueltas por ahí y pispear alguna cosa. Como no había nada para hacer, perseguimos a un gato por el callejón, pero se nos escapó hacia un baldío. El Hugo se me adelantó y yo lo seguí tan rápido como pude, pero al doblar la esquina me encontré con él escondido y algo pálido atrás de un auto destartalado y sin ruedas, que se oxidaba en la vereda. El Hugo observaba el portón entreabierto de la casa pintada de azul y farolitos de colores, esa donde a veces íbamos con los pibes a ver a las parejas que entraban manoseándose. Estaba con los ojos desorbitados y la boca algo abierta, babeando como rabioso. Pensé que estaba caliente porque se le había escapado el gato y lo llamé en voz alta. El Hugo me hizo señas de que me callara y desapareciera de allí. No le hice caso y corrí hasta alcanzarlo y me senté a su lado. Con las espaldas apoyadas en el espacio del auto donde alguna vez hubo un par de puertas, lo miré como preguntándole si había pasado algo con el gato. Él miró para atrás y con los ojos me señaló que yo también lo hiciera. Sus cejas eran tupidas, unidas entre sí, como si una gran raya negra le ocupara parte de la frente, pero conseguía elevar una sola cuando algo no le gustaba y cuando me miraba así, ya sabía yo que tenía que seguirlo sin preguntar mas nada. Él se estiró en la parte posterior del auto y yo fui tras él. Éramos flacos y todavía no habíamos pegado el estirón, entonces pudimos acomodarnos con facilidad atrás de la única puerta que le quedaba al auto, un Ford Falcon de esos viejos, parecido al que tiene el abuelo, pero hecho pedazos. Y mirándome a los ojos me preguntó si había visto entrar a una mina de rojo, agarrando de la mano a un tipo de campera negra. Yo no había visto nada y le dije que no, y ahí me acordé que un rato antes su mamá estaba vestida así, pero tampoco le dije nada.

El Hugo tenía la respiración agitada, pensé que estaba así de correr atrás del gato, pero eso no podía tenerlo tan loco. Esperé que se aflojara un poco y después de un rato y viendo que no se le pasaba, le pregunté qué era lo que lo tenía así, que todo eso no podía ser por el gato. Me dijo que no, pero que me callara, que no me podía decir nada, que era cosa de hombres. Le dije que no fuera forro y que me diga, pero no me dijo nada. Sacó un cigarrito del bolsillo del pantalón, medio quebrado y lo prendió. Me convidó un par de pitadas y cuando entré a toser me dijo que por eso no me decía algunas cosas, porque todavía era muy pendejo. Eso me dio calor y ganas de putearlo, pero tenía razón, yo era un pendejo y me sentía mareado y no podía parar de toser. Entonces me empujó y me dijo que me fuera. Que me fuera bien lejos y que si me quedaba me iba a cagar bien a piñas por boludo. Como las cejas se le habían convertido en una trinchera tupida y los ojos estaban aguados de rabia, pensé que era mejor hacerle caso. Que se fuera a la mierda con el gato y los cigarritos, al final ya me había dicho mi vieja que no me juntara mas con él, que era un mal parido.

Salí del auto roto con todos los pantalones sucios, me fui corriendo sin que nadie me viera, no se por qué me había entrado tanto cagazo. Caminé rápido, buscando salir cuanto antes a la avenida esa por donde pasan todos los colectivos y parar al primero que me dejara cerca de mi casa. No entendía por qué estaba asustado. Tenía que ser esa porquería que me había convidado el Hugo y que me había dejado con el estómago revuelto. No entendía para qué el chabón fumaba eso.

Cuando llegué a mi casa mi vieja estaba sola tomando mates apoyada en la mesita del patio. Las glicinas estaban frondosas y era lindo estar ahí, corría un airecito fresco. Me senté frente a ella y estiré la mano para recibir un mate.
-¿Y papá? -pregunté por decir algo- ¿Se fue a la cancha o a pescar? Mamá se paró y se puso a acomodar unas ramas y dijo que estaba en el velorio de un amigo de la barra. Cuando se dio vuelta tenía los ojos algo llorosos, y yo pensé que ella también debería conocer al muerto. Pregunté si yo lo conocía y cuando mamá negó con la cabeza, le dije que yo conocía a todos los amigos de papá.
-Si te digo que no lo conocés, es que no lo conocés y no me jodas con preguntas- Cuando mamá se ponía así era mejor desaparecer. Me levanté del banquito y me fui a jugar a la play.

A la tardecita salí otra vez a la calle. Ya había oscurecido y mamá seguía sentada sola en el patio entre las sombras. No podía verla ahí como llorando y me fui hasta la esquina, donde siempre estaba el Hugo con los otros chicos del barrio. Me llamó la atención que estuviera callado, porque era el que siempre animaba la reunión contando historias. Sabía un montón de cosas, era dos o tres años más grande que nosotros, y aunque fuera petizo ya tenía 14 y todos sabíamos que había debutado con la Susy, que era la hermana más grande del Sergio.
El Hugo tenía la cara llena de granos y los dientes sucios, pero él decía que a la Susy eso no le importaba, que ella miraba el billete y listo. Decía que todas las minas eran iguales. Nos había hecho la promesa de que nos iba a ayudar a debutar con ella, pero sin que se enterara el Sergio, porque ahí sí que se pudría todo. Igual eso era un tema de otros días, ahora no daba hablar de la Susy por más que era uno de los temas que mas nos entusiasmaba. El Hugo estaba callado y no hacía otra cosa que fumar esa porquería. Estaba algo apartado de nosotros y nadie se animaba a preguntarle qué era lo que le pasaba. Uno de los pibes le dijo medio en broma, medio en serio, si se le había muerto alguien y ahí me acordé del muerto del velorio al que fue mi viejo y le pregunté si lo conocía.

-¿A quién? –Me preguntó el Hugo- con una mano en el cigarrito y la otra levantándose la gorra y dejando ver el entrecejo apretado.

-Al tipo ese que se murió, el del club-dije yo con la voz lo mas ronca que pude- no quería que pensara que estaba asustado. -Mi viejo fue al velorio- agregué.

-¿Ah sí? ¿Cuándo fue?- dijo el Hugo con cara de pocos amigos.
Acto seguido escupió el piso y con el pie hizo una cruz mezclando el escupitajo con la tierra. Nosotros no entendimos porqué, pero no íbamos a preguntar nada; cuando él hacía ese ritual, era mejor hacerse el gil, mirar para otro lado, no decir nada. Había venganza en puerta.

-¿Y vos cómo sabés que tu viejo fue al velorio ese?- me preguntó con el cigarrito apretado entre los dientes.

-Me lo contó mi vieja recién. Dijo que fue a la siesta.

En ese momento el Hugo tiró la colilla y la aplastó contra la tierra, se me acercó casi hasta rozarme con su aliento podrido y me dijo “que le diga a mi vieja que a ese velorio del tipo del club, también había ido su mamá”. Yo di unos pasos para atrás y le dije que bueno, que le iba a decir.

-¡Basta de vagancia! ¿Vamos, que es tarde?
Era mi viejo que apareció por la esquina con su paso tranca y su campera de cuero negra, colgada del hombro. La sonrisa con la que venía me hizo pensar que el del velorio no le importaba mucho, así que ni le pregunté.
-Pilla la campera esa, don –dijo el Hugo- ¿A ver cuándo me la presta? Digo, a ver si así levanto alguna minita…
-Vos tenés que tomar mucha sopa pibe- dijo mi viejo.
-No se crea don, mi viejo y yo venimos tomando sopa hace mucho y cada vez estamos más solos. Debe ser la campera esa nomás… -dijo el Hugo con voz ápera.
-¿Vos decís? – dijo mi viejo- Con la pinta que vos tenés no necesitás campera, Huguito.
Al decir esto le palmeó la espalda y el Hugo le quitó la mano de mala manera, pero mi viejo siguió de buen humor y no le importó.
-Vos también andá para tu casa Huguito, que hace frío- le dijo antes de irnos.
-No me diga Huguito, quiere...
-Como usted mande, campeón.
Mi viejo me agarro con fuerza del hombro y pegamos la vuelta. Yo me puse a patear una tapita y él me la devolvió, así llegamos a casa.
Y la verdad, no sé si me olvidé o preferí no decirle nada del finado, ya que si no estaba tan triste, por ahí se lo recordaba. Entonces le conté lo del camión rojo en lo de Don Tolosa y me dijo que él cuando era chico tenía un Duravit y también le gustaban los camiones. Esos gustos son para siempre, me dijo.






6 comentarios:

  1. Extraños caminos por los que la vida nos brinda una educación sentimental.
    Contarlo tan atractivamemte como tú lo haces es un regalo para quienes tenemos el privilegio de leerte.
    Gracias.

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    1. La educación sentimental viene de tantísimos lados como tiene la vida misma, este fue uno. Doloroso, pero no menos cierto.

      El privilegio es mío, de que me leas, digo =)
      Besos.

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  2. Gracias.
    Sólo se me ocurre darte las gracias.
    Lo he disfrutado a conciencia.
    Lo cuentas tan bien que me ha parecido estar dentro.
    A la vez me ha dado mucha pena por esos niños que ya vislumbran el drama de hacerse adultos.
    Gracias otra vez.

    Besos.

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    1. Gracias a vos, en serio. La gente no tiene mucho tiempo para leer, y un cuento para poder desarrolarse necesita precisamente eso, tiempo y espacio. Quería contar esa edad, esa forma tan torpe en que los adolescentes descubren el amor y a la vez la desilución. Qué bueno que hayas podido entrar y disfrutarlo.

      Besos.

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  3. Me dieron ganas de tener 12 años de nuevo. Hermoso relato, Patricia. Y hermoso retrato de las aventuras y desventuras de los chicos en las calles de cualquier barrio del conurbano. Saludos!

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  4. Gracias Matías, que bueno que hayas pasado por acá =) besos!

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