En Argentina, a la vuelta de cualquier esquina, hay un supermercado chino atendido por sus propios dueños. Donde
vive Emilio, está Lin Yi: un tipo enjuto y bajito. Parece chino, pero por sus
ojos saltones como bolas de billar, o tal vez esa cabeza redonda y chata como
una luna aplastada, hace que Emilio piense que no lo es del todo. Esta intriga lo lleva a creer que Lin Yi descubrió
sus sospechas acerca de su nacionalidad y está convencido que toma venganza, vendiéndole cosas que él no
quiere comprar.
Sigue yendo porque Lin Yi ignora que él
es un actor famoso y jamás le hace preguntas indiscretas, pero está harto de
acumular en su alacena alimentos que nunca consume, porque jamás los quiso
comprar.
Sin embargo están ahí estacionados por obra
y gracia de Lin Yi, quien tras una sencilla metodología de no entender el
castellano, le encaja todo lo que quiere: una mezcla acompasada de movimientos
de cabeza, afirmaciones dictatoriales, sonrisas a granel y una fonética
indescifrable, pero persuasiva; funcionan a la perfección para que él lleve todo
cuanto el chino quiera.
Está a punto de llevar, ahora mismo, un
paquete de bizcochos dulces de dos kilos, cuando había ido a comprar un
cuarto de grisines sin sal, para su dieta. Desconoce la maniobra de fascinación
diabólica que ejerce sobre él, este hombre pequeñito, pero ya siente que está
comenzando a funcionar el hechizo por el cual él llevará algo que no desea y se
quedará sin los grisines, que pensaba tener para la cena.
Tal vez ese embrujo que le causa el
chino, sea producto de algún trauma infantil y por eso frente a Lin Yi se
convierte en un niño temeroso y obediente, que todo lleva sin chistar.
Ahora está con esas galletas cargadas de
grasas trans, azúcar y jalea de membrillo, intentando explicarle al chino que
quiere llevar los grisines de esa marca y no las pepas de esa misma marca; pero
Lin Yi está sonriente tomando el paquete, pasándolo por la registradora y él tironeando
y diciendo que no. El chino diciendo que “cualentapesho” y él mostrando el
paquete y diciendo que pepas no. Que grisines, que palitos así y asá, que la
puta madre no quiero pepas. Grisines. Larguitos, así. No, fideos no, que unos
cositos así de esta marca, sin sal. Y ahí va el chino y vuelve rapidito con
otro paquete. Que no, que sal no quiere, que palitos. Otra vez el chino corre y
se pierde entre las estanterías y regresa con algo en la mano y la sonrisa,
claro.
-No sahumerios, no. Bueno, ya que estoy
los llevo –dice Emilio- pero no era eso. Eran unos palitos que se comen.
Ñam-ñam. Comer.
¿Porqué mierda tiene que estar masticando
y mostrándole los dientes así? Es la última vez. Nunca mas vengo, piensa
mientras observa agotado lo que Lin yi ha ido a buscar y trae entre sus manos.
-¡Eso no! Esos son kanikamas-.
De pronto el cansancio le cierra los
ojos. Ya se conoce, está entrando en la fase del encantamiento chino. Funciona
así: los kanikamas se comen y no engordan. Los kanikamas son largos. Está bien.
Llevo Kanikamas en vez de grisines.
-No llevo las pepas- dice Emilio, cuando
escucha “ya malqué” “compla” “oshentapesho”.
-¡Compla las pelotas! –Grita Emilio- ¡No
quiero esas galletas! Engordan. Panza.
Señala su abdomen algo prominente y
punto negativo para lograr el fisic du rol de la próxima película. El chino le
mira la panza y luego los ojos y luego la panza y otra vez los ojos. La sonrisa
del chino desaparece y su boca se abre ante la idea brillante que se le está
cruzando por la cabeza. Sus ojos fuera de órbita y su boca abierta le cambian
por completo su fisonomía.
-¡¡Jincai!! ¡¡Wánmei!!
¿Qué dice? Emilio no comprende. Maldito
chino, trae un muñeco. No, no, no quiero llevar un Papá Noel.
-¡Chipapánoel!
-¿Qué dice?
-¡Glan-baliga-Papánoel! ¡Glanbalba! ¡Okitobuenos!
¡Espela-acá!
Emilio putea. Ha perdido su clásica
compostura de actor de cine famoso. El chino desaparece en los fondos y
rápidamente viene con una bolsa de consorcio negra y su sonrisa enorme.
-Shevapepaglatis-legalo de Lin Yi! ¡Pongatlajedenoelpofavol!
¡Vení-fondo-atlá!
Y ya están la china madre, mas enjuta y
arrugada que el chino hijo y mas testaruda y convincente que la china nieta,
que sólo anota precios y la china biznieta que callada mira cómo Emilio es
arrastrado hasta el fondo del fondo, sin que él tenga reacción. Y ahí aparece
otra china recontravieja quitándole sus ropas y calzándole el pantalón rojo de
satén, que le entra perfecto. Le pone el saco rojo con vivos blancos. El gorro
rojo con el pompón blanco, le va un poco flojo y le cubre toda la frente, pero
se detiene la caída al llegar a la frondosa barba blanca que se ha dejado, para
que el fisic du rol de la peli que está rodando, sea perfecto.
Ahí está Emilio frente al espejo. Casi no puede reconocer en ese Papá Noel, al famoso actor que sale en las revistas. Ya ni determinación tiene. Es el embrujo chino, sólo transpira y dice ¡jojojojofeliznavidad!, al tiempo que sacude con frenesí una campana metálica e imagina que eso que aporrea con instinto asesino, es el culo de Lin Yi.
Ahí está Emilio frente al espejo. Casi no puede reconocer en ese Papá Noel, al famoso actor que sale en las revistas. Ya ni determinación tiene. Es el embrujo chino, sólo transpira y dice ¡jojojojofeliznavidad!, al tiempo que sacude con frenesí una campana metálica e imagina que eso que aporrea con instinto asesino, es el culo de Lin Yi.
-¡Vos sos un groso y el abuelo Lin Yi es
un capo! -dice la chinita tataranieta, en perfecto porteño-. Cualquiera que te
mira los ojitos te ve el corazón, eso es un Papá Noel como la gente. ¡Yo a vos
te creo, loco! ¡Feliz Navidad!
Miró hacia atrás, ahí estaba ella con su
pelo lacio, brillante y negro. Sin un gramo de grasa, esbelta, risueña. Tendría
15 años y ya tenía el carácter férreo y convincente de toda su familia. Emilio
no supo qué decir y no dijo nada. Era la primera vez que daba perfecto el fisic
du rol y ahí se quedó disfrazado en la vereda del supermercado del barrio,
repartiendo volantes con ofertas increíbles para las fiestas.

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