"Has querido
penetrar el cielo y era cielo pasando por los patos salvajes lo que penetrabas.
Llegan de las afueras, no traen sino más selva por donde seguir pasando. Ahora
te han sentado entre dos tumbas a saludar a los muertos, te encuentras con que
los días llegan del lado del poniente, ¿por qué no irían hacia esta primavera
que detecta luz en las corrientes de aire, resbaladiza luz de las cornisas,
casas últimas, palabras últimas, la inmortalidad pasando entre las bestias,
aire lujoso bajo los tilos, los mismos que mirados de lejos accedían a la
ponderación azul, y sin embargo buscas el lado de los tapiales y te das vuelta
a llorar sin que te vean."
Arnaldo Calveyra,
El cuaderno griego.
(Tan cerca de mí
ahora)
Digo, esa
sensación de estar sentada entre dos tumbas saludando a mis muertos y ellos
desde atrás sonriendo como solían hacerlo en su tiempo. El tiempo de antes, cuando era hija. Los
días de bicicletas y charlas con amigos en las esquinas, las ropas de domingo. El tiempo
de los bailes y los besos atrás de los árboles o en el parque, ese lugar que
escandalizaba a mi madre. ¿Ella iría a besarse allí? ¿O sólo le quedaba el
zaguán, el parral o el vano de la puerta?
Ese tiempo ido, que ahora encuentro
que existió y estuvo guardado de mis ojos, revuelto entre papeles amarillos
dentro de una caja que nunca antes había visto...
(Todo eso pasa
mientras lo que debo hacer es guardar cosas en cajas, ordenar qué se hace con
todo esto)
Estoy sola. Sola
ante un momento final. Sola, como nunca pensé estarlo, pero es así. Debe ser
así. Es un momento de absoluta intimidad el que vivo, meses de profundizar en
el pasado, donde cada momento es como bajar y bajar escalones y llegar a
distintas épocas. Siempre mas profundas. Es ir escarbando por dentro de la propia vida. Epocas, todas mejores. Ya sé, eso es la idealización de un tiempo. Un
modo de mirar. Un color. Esa tonalidad del ayer algo descolorida. Colores
envejecidos. Igual que esas fotos donde estamos mi hermano y yo el día de mi
comunión. Las sonrisas pintadas, en especial los labios. Y el vestido azul de
lana, que yo recuerdo turquesa, pero en la foto se ve gris. Mi pelo lacio, rubio.
Mi piel estrenándose, tenía nueve años. Después, un año después, salió el
primer grano. Ese iba a ser el principio de un largo camino de dolor y búsqueda
de mi misma.
¿Quién iba a ser
yo?
La cabeza va a estallarme de imágenes angeladas y mi
garganta va a quebrarse, antes de hacer cualquier dibujo con el dedo cargado de
agua.
Todos los diálogos, todas las ventanas, todos los viajes que cruzaron el cielo de mi paladar se fueron metiendo en mis manos y ahora han perdido el habla.
Todos los diálogos, todas las ventanas, todos los viajes que cruzaron el cielo de mi paladar se fueron metiendo en mis manos y ahora han perdido el habla.
Me
abren las puertas del desamparo y aparecen unos días esquivos: ya no tengo padres. Y yo me quedo parada en
la boca de una calle que no avanza. Sólo desde el recuerdo la puedo transitar.
Y voy por las veredas de baldosas rotas y vidrios tapados, y caen ante mis ojos como bucles todas las evocaciones. Si no dejo de mirarlas van a matarme. Son como un interminable tren fantasma que me traga, anulando mi instinto de supervivencia.
Y voy por las veredas de baldosas rotas y vidrios tapados, y caen ante mis ojos como bucles todas las evocaciones. Si no dejo de mirarlas van a matarme. Son como un interminable tren fantasma que me traga, anulando mi instinto de supervivencia.
El presente se
vive como a contramano y el futuro se presiente atormentado, como un cielo que
se va cargando de presagios.
Miro la casa
última, de a ratos lloro, mientras la vamos vaciando. La sostengo en mi memoria
y a veces hasta creo que está igual. Que allí la mesa, mas acá las sillas, y
los sillones estampados. Esos en los que era incómodo estar sentado y te
obligaban a salir a la vereda y quedarte debajo de los tilos siempre tan
abarrotados de hojas o de pájaros.
...Y ese perfume que
siempre me va a llevar a la plaza Dardo Rocha en las mañanas de verano,
cruzando en diagonal, con los dedos cruzados, con el solfeo y la teoría y la
pila de libros estudiados bajo el brazo y las piernas casi temblando y a media
cuadra el Conservatorio Medel y mi examen de piano...
Y al volver al presente, otra vez... ¿Ahora quién voy a ser?

cuánta nostalgia... me mató
ResponderEliminarCuando uno guarda el pasado en cajas deja también parte de sí mismo dentro, como algo ya para siempre evocador a salvo.
ResponderEliminarCuando uno lo escribe lo guarda de otra manera que incluye ya también la respuesta a la inevitable pregunta sobre quiénes somos y seremos.
Es la grandeza de la nostalgia escrita.
Precioso. Besos.
Me has resucitado angustias que creía fallecidas.
ResponderEliminarYo vacié la casa de mis padres.
Allí residía lo último que quedaba de mi infancia.
Después no quedó nada.
Ni la casa, ni la infancia.
Sin padres y sin cobijos la vida se volvió más tenebrosa.
Besos desamparados.
Me llenas de nostalgia. Recogí las cosas de mi padre. Tardé meses en volver a la casa, recuerdo el olor de su cuarto, me conmueve su butaca...
ResponderEliminarEs hermoso como lo sientes, me bañaste el día con tu sensibilidad, te lo agradezco, hace tiempo que no lloraba sintiendo paz.
Valeverona, Ybris, Toro, Ilduara,
ResponderEliminarGracias por pasar y leer esto que sé que sensibiliza y por ahí trae recuerdos que uno los tiene guardados y sin ganas de ventilarlos, pero quien ha perdido a sus padres pasa por este sentimiento de orfandad.
Escribí desde allí y les agradezco que me hayan acompañado en este texto, gracias!
Un abrazo.