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sábado, 23 de julio de 2016

Aves migratorias




-Está todo destruido- dice Sara.

Se detiene y deja caer sus manos sobre el cerco de maderas podridas. Sus dedos acarician con temblor la superficie porosa, la siente como si no tuviera sensibilidad en las manos. Sus uñas se ponen a descascarar la pintura que aún envejecida, sigue siendo tan blanca como al principio. Relucen destellos de la pintura que cae lentamente y ella mira el brillo caer, como si esas cascaritas tuvieran una fuerza absoluta sobre sus ojos. Están frente al mar, frente a un viejo parador que los abrigó una noche fría de otoño donde cenaron años atrás. Hay construcciones nuevas del otro lado de la calle, casonas de esas que salen en las revistas de decoración. Construidas frente a un mar intenso y rodeadas por el bosque más antiguo de la zona. Antes, esos lotes no estaban a la venta. Recuerdan tantísimas veces haberlos caminado, sintiéndose intrusos y encantados, mientras se llenaban de piñas gigantes los brazos. Ahora ese bosque se ha perdido y algunos pinos altos que han conservado se balancean muy altos con el viento, pero la mayoría han sido talados para hacer lugar a todas esas casas blancas. Los dos miran con cierto desconsuelo el paisaje sin mirarse entre ellos. Ella no puede quitar la mirada de las cascaritas que caen y vuelan en remolinos.

-¿Teníamos que venir acá? ¿No había otro lugar? –pregunta Sara. Su voz suena amplificada en el viento.
Sara le da la espalda al bosque, se pone de pie y mira el mar, la brisa fría juega con su pelo cubriéndole la cara, le viene bien. Nunca le gustó que la vieran llorar. Camina hacia un auto que no es el de ella, pero le parece que sí. Se aleja dando pasos cortos, como queriendo quedarse, pero yéndose. Esteban sigue frente al bosque con la mirada gacha, parece estar buscando algo debajo de sus zapatos. Sus pies refriegan la arena y no saca las manos de los bolsillos. Gira sobre sí mismo y la ve alejarse. Su grito golpea largo como si saliera por un diyeridú* hasta perderse en la tarde.

-¿Qué vas a hacer Sara? ¿Te vas?
-¿Qué querés que haga? – su voz es ronca y casi quebrada.

Los dos saben qué es lo que está pasando, pero ninguno quiere hablar de eso. Esteban parece empeñado en descubrir algo en el suelo y Sara no entiende porqué la trajo a este lugar. O lo que entiende no le gusta. Además hay tanta arena…
 -Que hablemos- dice Esteban y se rasca la cabeza quitándose la gorra de lana, se la vuelve a poner al tiempo que se da vuelta y la mira a los ojos. Como si estuvieran cerca.
-¿Qué hablemos?
-Si, para eso te traje acá- Esteban señala las ruinas del parador y las casas blancas.
Lo que alguna vez fue un acogedor restorán permanece mudo frente a los dos, el viento arrastra palmos de arena entre restos de sillas rotas y pedazos de lonas que en un vaivén lento amenazan con irse de allí también. Sólo un grupo de aves migratorias parecen estar cómodas en el lugar. Todas han detenido su vuelo sobre las maderas y lo que queda del techo. Esperan el atardecer, que aún brilla tibio como suelen resplandecer las últimas tardes del verano.

-Esa imagen es una metáfora- dice Sara.

Se quita las zapatillas y se dirige al mar. Sus huellas pequeñas marcan un camino casi perfecto que termina en la orilla. La espuma baña sus pies, el agua está cálida, piensa que no es raro porque el día ha sido muy frío. Las olas en su eterno devenir van hundiendo sus pies siempre un poco más. Eso no sabe si le gusta, pero no puede evitarlo. No se mueve, no sabe dónde ir. Si estuviera sola tal vez se dejaría llevar como Alfonsina, tan melodramática es. O lloraría a gritos, pero le sobra valor. Que te dejen tampoco es la muerte de nadie, pero en este momento ella siente que es fácil morir ahí, que tan sólo se trata de avanzar y de hundirse y no sabe cómo mantenerse en pie sin terminar todo de un modo patético y ser la misma ridícula de siempre ante la mirada atónita de Esteban. Tan controlado él, tan enigmático, tan lejos del papelón, siempre correcto.

En el horizonte se alza una tormenta oscura. Desde chica le gustó mirar las nubes y jugar a descubrir formas. Ahora intenta distraer sus pensamientos oscuros mirando un caballo con alas allí arriba y después buscar angelitos culones, pero así como logra verlos nítidos y entremezclados, ve que se deforman y se vuelven pequeños monstruos de algodón que están a punto de tocarla. El viento le arrastra las lágrimas que se pierden en su cuello y controla su desesperación pensando en que sería mejor irse de allí, pero no puede moverse. Está rodeada por un silencio crepuscular. Deberían irse, correr de allí, desaparecer. Podría estar dando vueltas sobre sí misma por horas, y no habría horizonte, entonces siente sobre sus hombros el brazo fuerte de Esteban. Y otra vez vuelve a tener la costa delante de ella. Adora esa capacidad extrema que tiene él, la del equilibrio. Cuando ella trastabilla, sabe que tomarlo del brazo es sinónimo de seguridad, pero sus brazos… ¿Cuánto hace que no la abraza? ¿Por qué ya no la abraza más? Si encajaban perfecto…
Lejos del cavilar de Sara, Esteban permanece callado. También él mira el horizonte y deja que el mar moje sus pies. Suspira y es él quien rompe en llanto. Un temblor brusco se apodera de su cuerpo. Ella lo abraza. Sus brazos pequeños alcanzan a cubrirlo por completo, lo siente pequeño e indefenso. Sara crece y se estira como si fuera de goma hasta envolverlo por completo. Ama a ese hombre grandote, sabe que dentro de él hay un niño asustado y sabe que esto es porque va a dejarla. Igual no dice nada. Ha perdido la facultad de las palabras. Podría aullar o gruñir, pero ni puede hilar una sílaba con otra. No hay posibilidad de hacer salir la voz ahora. Saldría volando de allí si tuviera alas, pero apenas si puede moverse. Con sus manos acaricia la espalda de Esteban, le recorre el pelo, la barba, le quita el agua de los ojos, descubre su mirada. Es tan verde como el bosque de pinos, se acuerda de unos versos remotos que le escribió a esos ojos una vez.

-Ya no te amo- dice él.

La tormenta parece bajar sobre ellos hasta tocarlos. Sara que tiene el lamentable don de la poesía y además es cursi y cae una y otra vez en lugares comunes, piensa que el cielo se ha puesto a llorar, cuando los gotones empiezan a caer con furia. ¿O recuerda una canción vieja hasta que parece estar cantándola? Esteban también está clavado en la arena. Sara le toma las manos. Están frías, como la tarde.
Ella sabe que están en peligro: es una tormenta eléctrica. Y debería decir que es riesgoso quedarse allí y obligarse a salir de la orilla del mar y buscar un refugio. Es en vano, ni palabras, ni voz, ni movimiento. Permanecen los dos anclados en la costa como esfinges egipcias. Aguantando el temporal, vueltos de piedra. Tal vez sólo sean sus cuerpos y ellos ya no estén allí, pero el frío en los pies le recuerda que si. Que son ellos y entonces quiere gritar. Su boca se abre enorme, pero el viento atrapa todo su esfuerzo por decir algo. Parte de la tormenta invade su boca. Traga el salitre y en cámara lenta se dan vuelta. A pocos metros ven la caseta del guardavida, corren hasta allí como náufragos, por momentos piensan que no van a poder llegar nunca, como si estuvieran siempre en el mismo lugar. 
La playa parece crecer bajo sus pies, pero llegan y se quedan al amparo del escaso techo. La lluvia es torrencial, igual, no los toca. Algo es algo, piensan tomados de la mano, como consolándose. Y se quedan allí con las manos zurcidas como si desde una vida anterior hubiera sido así. Puestos los dos a mirar el mar, y tomados de las manos, sin poder irse a ninguna parte, Sara piensa que es el momento de decir algo importante. Otra vez recuerda que las palabras existen y que no es necesario hablar como un primate o gemir.
Ella lo único que sabe hacer mas o menos bien es reunir palabras, sin embargo ahora es incapaz. Se amontonan una tras otra y no sirven para nada. Ella sí lo ama, perdón, quiere decir, pero no sabe si dice algo porque su boca se abre y el sonido se convierte en un amasijo con la tormenta.
-¡Qué mierda!- dice. Su boca se llena de arena. Repleta de grava, intenta tragar sus palabras mezcladas con el agua de lluvia y la arenilla porque no puede escupir. Se mueve inquieta, se da vuelta para el otro lado y escucha la lluvia caer sobre el techo. Está lloviendo en serio piensa acurrucada sobre su costado. La lluvia se vuelve una cortina finita de agua, es como una cuchilla que corta el aire y los envuelve. Y ellos en esa pequeña isla tienen que hablar. ¿Cómo debe ser una conversación acerca del amor que se termina? ¿Cuándo pasó? ¿Qué palabras usar para hablar del desamor cuando aún se ama? ¿A dónde se va el amor cuando nos deja?
Su boca está llena de barro marino. Y por eso no quiere hablar, porque va a empezar a putear y a decir lo de siempre, que hizo las cosas mal. Y eso no sirve. Ya es tarde. Todo eso piensa mientras el cielo se desmorona en la playa y Esteban no deja de llorar, parece el mismo cielo, pero no dice nada. 
Una pareja tomada de la mano atraviesa ese horizonte que miran, no parecen estar preocupados por la tormenta. Por donde caminan ellos, parece haber sol. Caminan descalzos empujados por el viento. El desamor duele mas cuando se pone blanco sobre negro, esa pareja les duele.

-¿Cuánto les queda de amor? -pregunta Sara.

Esteban responde algo que no se entiende. Sara quiere escucharlo. Ahora mismo es lo único que quiere: saber cuánto de amor les queda a esos chicos que a la distancia caminan sin que la lluvia los espante o los moje. 
Sin soltarle la mano, se acerca a Esteban para escucharlo mejor, pero la voz de él es una turba líquida y muda. Un exabrupto. Un brazo empujando su hombro y ella sacudiéndose entre las sábanas y él despertándola y la luz del velador quemándole los ojos.

-Tenés una pesadilla- dice Esteban- ¡despertate!

Sara lo mira exhausta, con los ojos enormes salta de la cama y corre al baño. Hace pis, litros de pis, mientras no puede dejar de temblar. Al lavarse las manos, se moja la cara y se mira en el espejo. ¿Es ella? ¿Era ella la de recién? Era ella la que estaba con Esteban que hablaba y no recuerda qué era lo que decía él… Y era ella la que caminaba mas allá de todo, era ella con Esteban de la mano por la playa. Eran tan jóvenes ahí… ¿Cuánto les queda de amor? ¿Era eso lo que se preguntaba? ¿Era eso? ¿Qué decía Esteban? ¿Dijo algo?
-¿Estás bien? –pregunta Esteban. Le dice que si, que está todo bien. Siente la boca llena de arena, se lava los dientes y escupe. Escupe como si quisiera tirar lo que soñó por la cañería. En el lavabo cree ver restos de arena y espuma que caen de su boca. Al apagar la luz del baño y caminar hacia la cama siente los pies pesados y una opresión entre el pecho y la espalda. Esa sensación que no se va con nada, esa cosa dura que se le ha instalado ahí y que por mas que respire profundo y largue el aire lento no se va. Es como si una pared le hubiera crecido por dentro y todo lo que rebota allí, termina en el fondo de sus pies y ella pisándolo por días. Trastabillándose hasta caer rendida.
Al llegar a la cama Esteban duerme. Sara se acomoda cerca de él tratando de recordar qué era lo que le dijo en el sueño, porque le dijo algo que tenía que ver con el mar y con esos chicos de las manos zurcidas que juntaban piñas en el bosque y reían y la lluvia no los mojaba, algo le dijo, pero ¿qué?

5 comentarios:

  1. Espero que el sueño no sea premonitorio, aunque me temo que sí lo es...

    Cuánto les queda de amor?
    La pregunta es un tiro en el pecho.

    Yo prefiero no responder.
    Para no pegarme un tiro.

    Espero que estés bien.

    Besos.

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    1. La mayoría de las veces, quienes escribimos o intervenimos algo desde el arte, estamos dando respuestas.

      No te mates, dale.

      Besos.

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  2. Uno sueña en lo que teme. También en lo que espera.
    Entre temores y esperanzas pasa la vida como prueba de lo que es real más allá de los sueños bonitos y de las pesadillas.
    Y entre lo real están también estás preciosas narraciones.
    Besos

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    1. Qué bueno que te haya gustado Ybris, eso alienta a seguir escribiendo. Y como le decía a Toro, uno navega entre miedos y esperanzas todo el tiempo. Eso que vos decís, la vida. La vida por momentos es sueño, por momentos pesadilla y uno escribe desde ahí. O al menos hago el intento.
      Besos!

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  3. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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