-Está todo destruido- dice Sara.
Se detiene y deja caer sus manos sobre el cerco de maderas podridas. Sus dedos
acarician con temblor la superficie porosa, la siente como si no tuviera
sensibilidad en las manos. Sus uñas se ponen a descascarar la pintura que aún
envejecida, sigue siendo tan blanca como al principio. Relucen destellos de la
pintura que cae lentamente y ella mira el brillo caer, como si esas cascaritas
tuvieran una fuerza absoluta sobre sus ojos. Están frente al mar, frente a un
viejo parador que los abrigó una noche fría de otoño donde cenaron años atrás. Hay
construcciones nuevas del otro lado de la calle, casonas de esas que salen en
las revistas de decoración. Construidas frente a un mar intenso y rodeadas por
el bosque más antiguo de la zona. Antes, esos lotes no estaban a la venta. Recuerdan
tantísimas veces haberlos caminado, sintiéndose intrusos y encantados, mientras
se llenaban de piñas gigantes los brazos. Ahora ese bosque se ha perdido y
algunos pinos altos que han conservado se balancean muy altos con el viento,
pero la mayoría han sido talados para hacer lugar a todas esas casas blancas.
Los dos miran con cierto desconsuelo el paisaje sin mirarse entre ellos. Ella
no puede quitar la mirada de las cascaritas que caen y vuelan en remolinos.
-¿Teníamos que venir acá? ¿No había otro lugar? –pregunta Sara. Su voz
suena amplificada en el viento.
Sara le da la espalda al bosque, se pone de pie y mira el mar, la brisa
fría juega con su pelo cubriéndole la cara, le viene bien. Nunca le gustó que
la vieran llorar. Camina hacia un auto que no es el de ella, pero le parece que
sí. Se aleja dando pasos cortos, como queriendo quedarse, pero yéndose. Esteban
sigue frente al bosque con la mirada gacha, parece estar buscando algo debajo de
sus zapatos. Sus pies refriegan la arena y no saca las manos de los bolsillos.
Gira sobre sí mismo y la ve alejarse. Su grito golpea largo como si saliera por
un diyeridú* hasta perderse en la tarde.
-¿Qué vas a hacer Sara? ¿Te vas?
-¿Qué querés que haga? – su voz es ronca y casi quebrada.
Los dos saben qué es lo que está pasando, pero ninguno quiere hablar de
eso. Esteban parece empeñado en descubrir algo en el suelo y Sara no entiende
porqué la trajo a este lugar. O lo que entiende no le gusta. Además hay tanta
arena…
-Que hablemos- dice Esteban y se rasca la cabeza quitándose la gorra de
lana, se la vuelve a poner al tiempo que se da vuelta y la mira a los ojos.
Como si estuvieran cerca.
-¿Qué hablemos?
-Si, para eso te traje acá- Esteban señala las ruinas del parador y las
casas blancas.
Lo que alguna vez fue un acogedor restorán permanece mudo frente a los dos,
el viento arrastra palmos de arena entre restos de sillas rotas y pedazos de
lonas que en un vaivén lento amenazan con irse de allí también. Sólo un grupo
de aves migratorias parecen estar cómodas en el lugar. Todas han detenido su
vuelo sobre las maderas y lo que queda del techo. Esperan el atardecer, que aún
brilla tibio como suelen resplandecer las últimas tardes del verano.
-Esa imagen es una metáfora- dice Sara.
Se quita las zapatillas y se dirige al mar. Sus huellas pequeñas marcan un
camino casi perfecto que termina en la orilla. La espuma baña sus pies, el agua
está cálida, piensa que no es raro porque el día ha sido muy frío. Las olas en
su eterno devenir van hundiendo sus pies siempre un poco más. Eso no sabe si le
gusta, pero no puede evitarlo. No se mueve, no sabe dónde ir. Si estuviera sola
tal vez se dejaría llevar como Alfonsina, tan melodramática es. O lloraría a
gritos, pero le sobra valor. Que te dejen tampoco es la muerte de nadie, pero
en este momento ella siente que es fácil morir ahí, que tan sólo se trata de
avanzar y de hundirse y no sabe cómo mantenerse en pie sin terminar todo de un
modo patético y ser la misma ridícula de siempre ante la mirada atónita de
Esteban. Tan controlado él, tan enigmático, tan lejos del papelón, siempre
correcto.
En el horizonte se alza una tormenta oscura. Desde chica le gustó mirar las
nubes y jugar a descubrir formas. Ahora intenta distraer sus pensamientos
oscuros mirando un caballo con alas allí arriba y después buscar angelitos
culones, pero así como logra verlos nítidos y entremezclados, ve que se
deforman y se vuelven pequeños monstruos de algodón que están a punto de
tocarla. El viento le arrastra las lágrimas que se pierden en su cuello y
controla su desesperación pensando en que sería mejor irse de allí, pero no
puede moverse. Está rodeada por un silencio crepuscular. Deberían irse, correr
de allí, desaparecer. Podría estar dando vueltas sobre sí misma por horas, y no
habría horizonte, entonces siente sobre sus hombros el brazo fuerte de Esteban.
Y otra vez vuelve a tener la costa delante de ella. Adora esa capacidad extrema
que tiene él, la del equilibrio. Cuando ella trastabilla, sabe que tomarlo del
brazo es sinónimo de seguridad, pero sus brazos… ¿Cuánto hace que no la abraza?
¿Por qué ya no la abraza más? Si encajaban perfecto…
Lejos del cavilar de Sara, Esteban permanece callado. También él mira el
horizonte y deja que el mar moje sus pies. Suspira y es él quien rompe en
llanto. Un temblor brusco se apodera de su cuerpo. Ella lo abraza. Sus brazos
pequeños alcanzan a cubrirlo por completo, lo siente pequeño e indefenso. Sara
crece y se estira como si fuera de goma hasta envolverlo por completo. Ama a
ese hombre grandote, sabe que dentro de él hay un niño asustado y sabe que esto
es porque va a dejarla. Igual no dice nada. Ha perdido la facultad de las
palabras. Podría aullar o gruñir, pero ni puede hilar una sílaba con otra. No
hay posibilidad de hacer salir la voz ahora. Saldría volando de allí si tuviera
alas, pero apenas si puede moverse. Con sus manos acaricia la espalda de
Esteban, le recorre el pelo, la barba, le quita el agua de los ojos, descubre
su mirada. Es tan verde como el bosque de pinos, se acuerda de unos versos remotos
que le escribió a esos ojos una vez.
-Ya no te amo- dice él.
La tormenta parece bajar sobre ellos hasta tocarlos. Sara que tiene el
lamentable don de la poesía y además es cursi y cae una y otra vez en
lugares comunes, piensa que el cielo se ha puesto a llorar, cuando los gotones
empiezan a caer con furia. ¿O recuerda una canción vieja hasta que parece estar
cantándola? Esteban también está clavado en la arena. Sara le toma las manos.
Están frías, como la tarde.
Ella sabe que están en peligro: es una tormenta eléctrica. Y debería decir que es riesgoso quedarse
allí y obligarse a salir de la orilla del mar y buscar un refugio. Es en vano,
ni palabras, ni voz, ni movimiento. Permanecen los dos anclados en la costa
como esfinges egipcias. Aguantando el temporal, vueltos de piedra. Tal vez sólo
sean sus cuerpos y ellos ya no estén allí, pero el frío en los pies le recuerda
que si. Que son ellos y entonces quiere gritar. Su boca se abre enorme, pero el
viento atrapa todo su esfuerzo por decir algo. Parte de la tormenta invade su
boca. Traga el salitre y en cámara lenta se dan vuelta. A pocos metros ven la
caseta del guardavida, corren hasta allí como náufragos, por momentos piensan
que no van a poder llegar nunca, como si estuvieran siempre en el mismo lugar.
La playa parece crecer bajo sus pies, pero llegan y se quedan al amparo del
escaso techo. La lluvia es torrencial, igual, no los toca. Algo es algo,
piensan tomados de la mano, como consolándose. Y se quedan allí con las manos
zurcidas como si desde una vida anterior hubiera sido así. Puestos los dos a
mirar el mar, y tomados de las manos, sin poder irse a ninguna parte, Sara
piensa que es el momento de decir algo importante. Otra vez recuerda que las
palabras existen y que no es necesario hablar como un primate o gemir.
Ella lo
único que sabe hacer mas o menos bien es reunir palabras, sin embargo ahora es
incapaz. Se amontonan una tras otra y no sirven para nada. Ella sí lo ama,
perdón, quiere decir, pero no sabe si dice algo porque su boca se abre y el
sonido se convierte en un amasijo con la tormenta.
-¡Qué mierda!- dice. Su boca se llena de arena. Repleta de grava, intenta
tragar sus palabras mezcladas con el agua de lluvia y la arenilla porque no puede
escupir. Se mueve inquieta, se da vuelta para el otro lado y escucha la lluvia
caer sobre el techo. Está lloviendo en serio piensa acurrucada sobre su
costado. La lluvia se vuelve una cortina finita de agua, es como una cuchilla
que corta el aire y los envuelve. Y ellos en esa pequeña isla tienen que
hablar. ¿Cómo debe ser una conversación acerca del amor que se termina? ¿Cuándo
pasó? ¿Qué palabras usar para hablar del desamor cuando aún se ama? ¿A dónde se
va el amor cuando nos deja?
Su boca está llena de barro marino. Y por eso no quiere hablar, porque va a
empezar a putear y a decir lo de siempre, que hizo las cosas mal. Y eso no
sirve. Ya es tarde. Todo eso piensa mientras el cielo se desmorona en la playa
y Esteban no deja de llorar, parece el mismo cielo, pero no dice nada.
Una
pareja tomada de la mano atraviesa ese horizonte que miran, no parecen estar
preocupados por la tormenta. Por donde caminan ellos, parece haber sol. Caminan descalzos empujados por el viento. El
desamor duele mas cuando se pone blanco sobre negro, esa pareja les duele.
-¿Cuánto les queda de amor? -pregunta Sara.
Esteban responde algo que no se entiende. Sara quiere escucharlo. Ahora
mismo es lo único que quiere: saber cuánto de amor les queda a esos chicos que
a la distancia caminan sin que la lluvia los espante o los moje.
Sin soltarle
la mano, se acerca a Esteban para escucharlo mejor, pero la voz de él es una
turba líquida y muda. Un exabrupto. Un brazo empujando su hombro y ella
sacudiéndose entre las sábanas y él despertándola y la luz del velador
quemándole los ojos.
-Tenés una pesadilla- dice Esteban- ¡despertate!
Sara lo mira exhausta, con los ojos enormes salta de la cama y corre al
baño. Hace pis, litros de pis, mientras no puede dejar de temblar. Al lavarse
las manos, se moja la cara y se mira en el espejo. ¿Es ella? ¿Era ella la de
recién? Era ella la que estaba con Esteban que hablaba y no recuerda qué era lo
que decía él… Y era ella la que caminaba mas allá de todo, era ella con Esteban
de la mano por la playa. Eran tan jóvenes ahí… ¿Cuánto les queda de amor? ¿Era
eso lo que se preguntaba? ¿Era eso? ¿Qué decía Esteban? ¿Dijo algo?
-¿Estás bien? –pregunta Esteban. Le dice que si, que está todo bien. Siente
la boca llena de arena, se lava los dientes y escupe. Escupe como si quisiera
tirar lo que soñó por la cañería. En el lavabo cree ver restos de arena y
espuma que caen de su boca. Al apagar la luz del baño y caminar hacia la cama
siente los pies pesados y una opresión entre el pecho y la espalda. Esa
sensación que no se va con nada, esa cosa dura que se le ha instalado ahí y que
por mas que respire profundo y largue el aire lento no se va. Es como si una
pared le hubiera crecido por dentro y todo lo que rebota allí, termina en el
fondo de sus pies y ella pisándolo por días. Trastabillándose hasta caer
rendida.
Al llegar a la cama Esteban duerme. Sara se acomoda cerca de él tratando de
recordar qué era lo que le dijo en el sueño, porque le dijo algo que tenía que
ver con el mar y con esos chicos de las manos zurcidas que juntaban piñas en el
bosque y reían y la lluvia no los mojaba, algo le dijo, pero ¿qué?

Espero que el sueño no sea premonitorio, aunque me temo que sí lo es...
ResponderEliminarCuánto les queda de amor?
La pregunta es un tiro en el pecho.
Yo prefiero no responder.
Para no pegarme un tiro.
Espero que estés bien.
Besos.
La mayoría de las veces, quienes escribimos o intervenimos algo desde el arte, estamos dando respuestas.
EliminarNo te mates, dale.
Besos.
Uno sueña en lo que teme. También en lo que espera.
ResponderEliminarEntre temores y esperanzas pasa la vida como prueba de lo que es real más allá de los sueños bonitos y de las pesadillas.
Y entre lo real están también estás preciosas narraciones.
Besos
Qué bueno que te haya gustado Ybris, eso alienta a seguir escribiendo. Y como le decía a Toro, uno navega entre miedos y esperanzas todo el tiempo. Eso que vos decís, la vida. La vida por momentos es sueño, por momentos pesadilla y uno escribe desde ahí. O al menos hago el intento.
EliminarBesos!
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