La literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas
partes. Es así que uno puede llegar a espíritus sensibles y también a rocas. De
los espíritus tiernos no voy a hablar, uno sabe que existen y eso ya hace más
bonita la vida. Uno siente al tomar contacto con ellos, como si encontrara
inmensos campos florecidos para tirarse de espaldas a pastar ideas. Son algo
así como grandes colchones de aire y se inflan para aliviarte. Son sensibles.
Perciben tu caída. Avistan tu llegada. Te aprecian. Vislumbran el temblor
inquieto de tu espíritu. Sospechan tus miedos, porque ellos también los tienen.
Son empáticos. Te cobijan. Les impresiona tu vuelo. Hasta los más esquivos y
endurecidos espíritus en algún momento flaquean y se enternecen.
Pero no quiero hablar de ellos, necesito hablar de las rocas. No porque
sea indispensable ablandarlas con palabras, eso no sucede. Lleva miles de años
convertir una roca en arena, de eso sabe mucho el mar. Un ser humano no tiene
ese tiempo.
Tampoco necesito hablar de las rocas porque deban ser recordadas o
tenidas en cuenta, son necesarias en casos tales como instrumentos
quirúrgicos, cableado de telecomunicación, baterías, perforadoras, joyería -
sin minerales de roca dura, ninguno de estos elementos existiría.
Me refiero, para que quede claro,
a los espíritus rocallosos. Todos saben que ahí están esos mamotretos en medio
de los caminos y permanecen como vacas sagradas a lo largo de la vida de todos
nosotros. Y ahí vamos aprendiendo a evitarlos. Los vemos estacionados en su
dureza y como ya hemos gastado pólvora en chimango, hemos doblado a mitad de
cuadra, nos hemos hecho los bobos por nuestro propio bien, hemos puesto esa
cara que ya sabemos y el olmo no dio peras, el problema no es del espíritu
rocoso, el problema es nuestro.
La piedra sigue allí sin inmutarse. Enorme. Convencida de su condición.
Alarmando a todo lo blandito que se le acerque y haciendo un hoyo donde ha de
enterrarse por los siglos de los siglos, amén.
Pues bien, aprendida la lección número cien mil doscientos treinta
aproximadamente, me rindo.

Uno se rinde ante las rocas. La solución no es detenerse sino sobrepasarlas o soslayarlas.
ResponderEliminarEsa rendición es ya victoria.