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sábado, 21 de enero de 2017

Rendición



La literatura es uno de los más tristes caminos que llevan a todas partes. Es así que uno puede llegar a espíritus sensibles y también a rocas. De los espíritus tiernos no voy a hablar, uno sabe que existen y eso ya hace más bonita la vida. Uno siente al tomar contacto con ellos, como si encontrara inmensos campos florecidos para tirarse de espaldas a pastar ideas. Son algo así como grandes colchones de aire y se inflan para aliviarte. Son sensibles. Perciben tu caída. Avistan tu llegada. Te aprecian. Vislumbran el temblor inquieto de tu espíritu. Sospechan tus miedos, porque ellos también los tienen. Son empáticos. Te cobijan. Les impresiona tu vuelo. Hasta los más esquivos y endurecidos espíritus en algún momento flaquean y se enternecen.
Pero no quiero hablar de ellos, necesito hablar de las rocas. No porque sea indispensable ablandarlas con palabras, eso no sucede. Lleva miles de años convertir una roca en arena, de eso sabe mucho el mar. Un ser humano no tiene ese tiempo.
Tampoco necesito hablar de las rocas porque deban ser recordadas o tenidas en cuenta, son necesarias en casos tales como instrumentos quirúrgicos, cableado de telecomunicación, baterías, perforadoras, joyería - sin minerales de roca dura, ninguno de estos elementos existiría.
 Me refiero, para que quede claro, a los espíritus rocallosos. Todos saben que ahí están esos mamotretos en medio de los caminos y permanecen como vacas sagradas a lo largo de la vida de todos nosotros. Y ahí vamos aprendiendo a evitarlos. Los vemos estacionados en su dureza y como ya hemos gastado pólvora en chimango, hemos doblado a mitad de cuadra, nos hemos hecho los bobos por nuestro propio bien, hemos puesto esa cara que ya sabemos y el olmo no dio peras, el problema no es del espíritu rocoso, el problema es nuestro.
La piedra sigue allí sin inmutarse. Enorme. Convencida de su condición. Alarmando a todo lo blandito que se le acerque y haciendo un hoyo donde ha de enterrarse por los siglos de los siglos, amén.
Pues bien, aprendida la lección número cien mil doscientos treinta aproximadamente, me rindo.

1 comentario:

  1. Uno se rinde ante las rocas. La solución no es detenerse sino sobrepasarlas o soslayarlas.
    Esa rendición es ya victoria.

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